La primera carta antisemita de Hitler

El próximo mes de Julio el Centro Simon Wisenthal de Los Angeles exhibirá por primera vez una carta que hasta la fecha sólo habían podido ver los historiadores de Baviera: una carta de Hitler fechada en Septiembre de 1919 en la que desata un feroz antisemitismo y postula la “eliminación” de los judíos.

La carta, el original de la que se encuentra en los archivos bávaros, fue encontrada en 1945 en los escombros de una sede del partido nazi cerca de Nuremberg y desde el fin de la guerra fue pasando de coleccionista a coleccionista tras el pago de grandes sumas de dinero. El Centro pudo tener acceso a ella, la autentificó y decidió comprarla por 150.000 dólares. Según el rabino Marvin Hier, director del Centro, “es el documento más importante que nunca hayamos visto”.

La carta está escrita a máquina y firmada por Hitler y en ella el futuro dictador se dirige a un tal “Gemlich”:  “El antisemitismo racional debe conducir a una lucha sistemática y legal contra y por la erradicación de los privilegios judíos que los distinguen de otros extranjeros que viven entre nosotros. Sin embargo el objetivo final debe ser la irrevocable eliminación de los judíos en general.” Según Hitler para cumplir con éstos objetivos “es necesario un gobierno de fuerza nacional, no de debilidad nacional”.

La carta de Hitler se exhibirá junto a una máquina de escribir del ejército alemán y una traducción interactiva.

El texto antisemita de Hitler

Querido Gemlich.

El peligro que supone hoy en día la Judería para nuestro pueblo encuentra su expresión en la innegable aversión de ámplios sectores de nuestro pueblo. La causa de ésta aversión no se debe encontrar en un claro reconocimiento del consciente  o inconsciente, sistemático y pernicioso efecto de los judíos como una totalidad sobre nuestra nación. En su mayoría nace del contacto personal y de la impresión personal que deja el individuo judío, casi siempre una desfavorable. Por ésta razón el anti-semitismo es demasiado fácilmente caracterizado como un mero fenómeno emocional. Y ésto aún es incorrecto. El anti-semitismo como movimiento político no debe y no puede ser definido por impulsos emocionales, sino por el reconocimiento de los hechos.

Los hechos son éstos: Primero, la Judería es absolutamente una raza y no una comunidad religiosa. Incluso los judíos nunca se definen a sí mismos como alemanes judíos, polacos judíos o americanos judíos sino siempre como judíos alemanes, polacos o americanos. Los judíos nunca han adoptado mucho más que el lenguaje de las naciones extranjeras entre las que viven. Un alemán que es forzado a hacer uso del francés en Francia, del italiano en Italia o del chino en China no se convierte así en francés, en italiano o en chino. Es lo mismo con el judío que vive entre nosotros y es forzado a hacer uso del alemán. Así no se convierte en alemán. Ni la fe en Moisés, tan importante para la supervivencia de ésta raza, debe establecer la cuestión de si alguien es judío o no judío. Apenas hay una raza cuyos miembros pertenecen exclusivamente a una sola religión definida.

A través de miles de años de próxima endogamia, en general los judíos han mantenido su raza y sus peculiaridades bastante más íntegras que muchos de los pueblos entre los que han vivido. De ésto deviene el hecho de que entre nosotros vive una raza no alemana y extranjera que ni desea ni es capaz de sacrificar sus características raciales o de negar sus sentimientos, pensamientos y ambiciones. Y como los sentimientos judíos están limitados a la esfera de lo material, sus pensamientos y ambiciones están destinados a ser eso mismo aun más fuertemente.Su baile alrededor del becerro de oro se está convirtiendo en una lucha sin cuartel por todas ésas posesiones que más valoramos en la Tierra.

El valor del individuo ya no se decide por su carácter o por la relevancia de sus logros por la mayoría sino exclusivamente por el tamaño de su fortuna, por su dinero. La magnitud de una nación ya no va a ser medida por la suma de sus poderes morales y espirituales sino por la riqueza de sus posesiones materiales. Ésta actitud y lucha por el dinero y el poder y los sentimientos que van con ella permiten al judío ser poco escrupuloso en su elección de medios y despiadado en su uso para sus propios fines. En los estados autocráticos se arrastra delante de la “majestad” de los príncipes y abusa sus favores para convertirse en una sanguijuela del pueblo. En una democracia busca los favores de las masas, se humilla delante de la “majestad del pueblo”, pero sólo reconoce a la majestad del dinero. Mina el carácter del príncipe con adulación bizantina y el orgullo nacional (la fuerza del pueblo) con el desvergonzado y ridículo cultivo del vicio. Su método de batalla es esa opinión pública  nunca expresada en la prensa pero sin embargo dirigida y falsificada por ella. Su poder es el poder del dinero que acumula tan fácil e interminablemente en forma de intereses y con los cuales impone un yugo a la nación, yugo que es el más pernicioso ya que su brillo oculta sus terribles consecuencias. Todo lo que para los hombres es un bien mayor y digno de ser perseguido, ya sea religión, socialismo o democracia solo es para los judíos un medio, la forma de satisfacer su ánsia por el oro y la dominación.

En sus efectos y consecuencias es como la tuberculosis racial de las naciones.

De todo esto se deduce lo siguiente: El antisemitismo basado únicamente en los sentimientos encuentra su última expresión en forma de pogromo. Por el contrario, el antisemitismo racional debe conducir a una lucha sistemática y legal contra y por la erradicación de los privilegios judíos que los distinguen de otros extranjeros que viven entre nosotros. Sin embargo el objetivo final debe ser la irrevocable eliminación de los judíos en general.

Para ambos fines es necesario un gobierno de fuerza nacional, no de debilidad nacional. La República Alemana debe su existencia no a la voluntad unida de nuestro pueblo sino a la turbia explotación de una serie de circunstancias que se expresaron en una profunda y universal insatisfacción. Estas circunstancias, sin embargo, eran independientes de la estructura del Estado y aún hoy están operativas. De hecho más ahora que antes. Por eso una gran parte de nuestro pueblo reconoce que un cambio en la estructura del Estado no puede en sí mismo cambiar nuestra situación. Para ello hará falta un renacimiento de los poderes morales y espirituales de la Nación.

Y este renacimiento no puede ser iniciado  por un liderazgo estatal de mayorías irresponsables, influenciadas por ciertos dogmas partidarios, una prensa irresponsable o frases y lemas internacionales. En vez de éso requieren la implacable instalación de líderes nacionales con un gran sentido de la responsabilidad.

Pero éstos hechos niegan a la República el soporte interno de las fuerzas espirituales de la nación. Y los líderes actuales de la nación están obligados a buscar el apoyo de aquellos que recibieron los exclusivos beneficios de las nuevas condiciones alemanes y quienes por éste motivo eran la fuerza motriz tras la revolución: los judíos. Incluso aunque, como revelan varias declaraciones de las personalidades líderes, comprenden los peligros de la Judería, ellos (buscando sus propias ventajas) aceptan el preparado apoyo de los judíos y les devuelven el favor. Y ésta compensación no solo consiste en cualquier favor a la Judería sino por encima de todo en estorbar la lucha del pueblo traicionado contra sus estafadores, es decir la represión del movimiento anti-semita.

Respetuosamente,

Adolf Hitler.

Fuentes: JewishJournal, HistoryLearningSite, ElMundo, ElNacional.
Fotografía: SMH

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