El cronoturista. Berlín, 1943 (y III) Víctor Baldoví World War 2 Freak Curiosidades, anédotas y personajes de la Segunda Guerra Mundial

El cronoturista. Berlín, 1943 (y III)

Un espeso olor a quemado impregnaba el aire cuando salimos de nuestro «hotel». A mi alrededor ya no veía alemanes, ni soldados, ni enemigos; solo veía supervivientes. Y yo no me sentía uno de ellos, sino un cobarde, un intruso que había engañado al tiempo.

Hormigas humanas de todas las edades, cubiertas de un polvo grisáceo, trabajaban codo con codo escarbando en las ruinas aún humeantes para rescatar a las personas atrapadas. Camiones de bomberos y ambulancias pasaban raudos haciendo sonar sus campanas, mientras decenas de perros deambulaban desorientados, condenados a vagar por un mundo que se estaba convirtiendo en ceniza. Apenas me atrevía a sostenerle la mirada a los ciudadanos con los que me cruzaba. Sabía que la guerra les cobraría un peaje atroz a todos ellos, pero especialmente a ellas; me estremecía pensar que miles de aquellas mujeres sufrirían el infierno de la ocupación cuando las tropas soviéticas tomaran la ciudad dos años después.

James me guio hasta una especie de tablón de anuncios improvisado que no estaba allí el día anterior. Estaba repleto de notas de personas desaparecidas. Muchas de ellas eran niños. Alcé mi cámara camuflada para inmortalizar aquellos nombres cuando, de pronto, sentí que alguien me tocaba el hombro. Pensando que sería un policía llamándome la atención, me giré para pedir disculpas. Era una mujer con la cara tiznada de hollín. Sujetaba la fotografía de una niña pequeña. Me preguntó algo en alemán, con voz temblorosa, pero no la entendí. Supuse que la estaba buscando. Me impresionaron los grandes ojos, tan llenos de vida, de la niña de la foto, y un nudo me atenazó la garganta al pensar que ahora podían estar ciegos por la muerte.

Negué con la cabeza, apretando los dientes para no romper a llorar. Al instante recordé la visión de la chiquilla que paseaba con su oso de peluche durante el bombardeo. ¿Y si era ella? ¿Y si la habría podido salvar y no hice nada? La mujer esbozó una sonrisa cargada de una tristeza infinita, clavó la fotografía en el tablón y enganchó un papel con su dirección al lado. Luego, acarició el rostro de su hija en el papel y se alejó arrastrando los pies.

—Vamos, tenemos algo que hacer antes de marcharnos —me dijo James, con la voz apagada.

Mi guía me condujo a través de un callejón hasta un patio interior, oculto a la vista de los transeúntes. Allí se agolpaban decenas de personas. Resultaba surrealista: a pesar de tener la ciudad en ruinas a su alrededor, parecían estar celebrando una fiesta.

—No te muevas de aquí. Oír, ver y callar. No tardaré —me advirtió, antes de internarse en el patio.

Se acercó a una joven que hablaba animadamente con un grupo. Abrió el pequeño paquete que había rescatado de las llamas la noche anterior y sacó de él una extraña rosa. La flor brilló bajo la luz del sol con destellos rojos y dorados. Los pétalos parecían de vidrio esmaltado, y el tallo y las hojas refulgían como oro puro. La chica se quedó inmóvil unos segundos, maravillada, y luego se lanzó a sus brazos. Pensé que eran amantes, hasta que la joven le presentó a otro chico y se abrazó a él.

Los tres se quedaron hablando. Media hora después, James regresó a mi lado. Su rostro ya no reflejaba la determinación cínica del día anterior, sino una profunda desolación. Caminamos en silencio durante varias calles, hasta que no pude contener la curiosidad.

—¿Amigos? —pregunté—. No parecen muy afectados por el bombardeo.

—Algunos de ellos son judíos. Otros son las personas que los ocultan.

—¿Me tomas el pelo? ¿Y qué hacen ahí? ¿Una fiesta para celebrar que siguen vivos?

—No seas estúpido —suspiró—. Hoy es la boda de la pareja con la que hablaba.

James encendió un cigarrillo con manos temblorosas y siguió hablando.

—Conocí a Lilith en 1936, cuando acompañaba a un grupo a ver las Olimpiadas. Vendía flores en la calle, pequeños ramilletes que hacía ella misma. Me la volví a encontrar años después. Le encantaban las novelas románticas, así que cada vez que viajaba a esta época le traía unas cuantas. Dios, las devoraba. Lilith siempre había querido casarse, formar una familia y salir de Berlín para ver mundo, pero no creía ser la clase de chica en la que se fijan los chicos.

—¿Por qué?

—Porque era judía. Pero me salté las reglas. Me adelanté en el tiempo, vi su futuro y le prometí que todo saldría bien, y que el día de su boda le traería una flor que nunca hubiera visto y que jamás se marchitaría. Hoy es ese día. Y yo soy un hombre de palabra.

—Es una rosa preciosa.

—Es única. Solo hay once en todo el mundo, y esa iba a ser destruida anoche. Es obra del famoso orfebre ruso Fabergé. El de los huevos. No sé si lo sabes, pero Fabergé también hacía flores.

—Maldito hipócrita —le espeté—. ¿Y qué hay de tu sagrada norma de oír, ver y callar? Alterar la historia y todo eso…

—Se lo merece. Hoy es el día más feliz de su vida… y el último. Esta noche habrá otro bombardeo masivo. Todos los que estaban en ese patio se convertirán en ceniza.

James le dio una larga calada a su cigarrillo. Vi que lo hacía para tragar el humo y no romper a llorar. Exhaló lentamente, tiró la colilla al suelo y, mientras la aplastaba con la bota, sentenció:

—Oír, ver… y callar.

Tardamos en volver a hablar. Me enseñó algunos edificios más que desaparecerían en los próximos dos años y, finalmente, regresamos a nuestro tiempo.

De nuevo en la base de Guernsey, Aevum Corporation me ofreció la posibilidad de quedarme una noche extra para aclimatarme. Acepté. Aún no estaba preparado para volver a mi vida diaria. No solo era incapaz de quitarme de la cabeza a las personas que había visto, sino que sentía que les debía algo. No había podido ayudarles en el pasado, pero sí podía hacer algo por ellos en mi presente.

Los muertos civiles de la Segunda Guerra Mundial, los de uno y otro bando, habían desaparecido en zanjas, barcos hundidos, fosas comunes, ruinas humeantes y hornos crematorios de todo el planeta. Su silencio era ensordecedor. Alguien tenía que darles voz, contar su historia, y esa noche en Guernsey juré que ese alguien sería yo.

Aún no sé cómo lo haré. No sé si me convertiré en «extractor» para la agencia, o si trataré de convencer a James para que me lleve a visitar los rincones más oscuros y olvidados del conflicto. Puede que no deje de ser nunca un mero cronoturista armado con una cámara fotográfica, pero a partir de ahora no viajaré por placer. Lo haré para arrojar luz sobre una época que se está convirtiendo en un mito borroso. Lo haré para dar voz a todos aquellos a los que la guerra hizo enmudecer antes de que tuvieran fuerzas para gritar.

Será peligroso, sí. Pero qué coño, también será divertido.

FIN

PD. He colgado en un servidor de Omninet llamado Flickr unas cuantas fotografías de mi viaje al Berlín de 1943.

About Víctor Baldoví

Víctor Baldoví es guionista, escritor y divulgador de la Segunda Guerra Mundial. Con más de 20 años documentando la WW2, ha publicado cinco libros, dos de ficción y tres de no ficción. Gestiona ww2freak desde 2005, una de las webs de referencia en español sobre la Segunda Guerra Mundial.

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