Mi guía me dejó un pequeño capazo con comida y se marchó. Una parte de mí agradeció volver a tener un poco de intimidad para digerir todo cuanto había visto y sentido durante mi primer día en 1943.
Lo primero que hice fue registrar a fondo la casa en busca de «tesoros». Sin embargo, solo encontré lo que uno esperaría hallar en una vivienda humilde precipitadamente abandonada: algunas piezas de cubertería desparejadas, platos opacos por el polvo, ropa vieja, ollas abolladas y vasos de cristal grueso. Era lógico; ninguna agencia turística de viajes en el tiempo se arriesgaría a dejar objetos de valor al alcance de cualquiera. El único artilugio que habría deseado llevarme era una vieja radio de baquelita alemana, el clásico Volksempfänger, que descansaba en una estantería sobre la cama. Pero las reglas eran estrictas: no podía llevar a mi época nada que no hubiera viajado conmigo. Las posibilidades de agenciarme un souvenir auténtico de la Segunda Guerra Mundial eran nulas.
Cené lo que mi guía había calificado, no sin sarcasmo, de «auténtico manjar de dioses»: pan negro y duro como la piedra, salchichas frías que sabían a serrín y cerveza caliente. En la casa había una estufa de hierro y algunos utensilios, pero las cañerías estaban secas. Sin agua, no pude fregar nada para calentarme la comida. Tras cenar de mala gana, saqué unas cuantas fotografías del interior y revisé las que había tomado durante el día. Aevum Corporation nos prestaba unos dispositivos de grabación camuflados en forma de reloj o pitillera, pero la verdad es que apenas los había usado. Durante el paseo, había estado más interesado en absorber la realidad del momento que en buscar el encuadre perfecto.
El frío empezaba a colarse por las rendijas de las ventanas tapiadas. Cuando los ojos por fin se me cerraban y estaba a punto de meterme bajo las mantas para descansar, el mismísimo infierno se desató a mi alrededor.
Empezó con un gemido grave y oscilante a lo lejos. Era el aullido mecánico de las sirenas antiaéreas, las famosas Trompetas de Meier de las que tanto se mofaban los berlineses, que pronto se multiplicó por toda la ciudad hasta convertirse en un lamento ensordecedor. A los pocos minutos, el zumbido de cientos de motores pesados invadió el cielo nocturno. Eran bombarderos aliados.
El estallido de las baterías antiaéreas Flak fue el preludio de un concierto de percusión monstruoso. No era un ruido; era una fuerza física. Las ondas expansivas de las bombas golpeaban mi «hotel» haciendo temblar los cristales y crujir los cimientos bajo mis pies. El aire se llenó instantáneamente de olor a pólvora, polvo de ladrillo y humo.
Cada vez que oía el silbido agudo de una bomba cayendo, me encogía en el suelo, tapándome los oídos y rezando para que no me alcanzara. Cuando sentía la vibración brutal de la explosión a un par de calles de distancia, me invadía una mezcla nauseabunda de alivio por seguir vivo y de profunda tristeza por los que acababan de morir. Las sirenas de las ambulancias y los camiones de bomberos se abrían paso en la oscuridad como demonios desamparados cantándole a la Muerte.
Arriesgándome, me asomé apenas un palmo por el borde de la ventana. La noche se había vuelto naranja. El cielo de Berlín ardía. En la calle vi sombras corriendo presas del pánico, siluetas iluminadas por los fogonazos de los incendios; quién sabe si buscaban desesperadamente el refugio del metro o si acudían a desenterrar vecinos de los escombros.
Entonces la vi. Una niña pequeña cruzó la calle caminando despacio, abrazada a un oso de peluche, cubierta de polvo blanco. Caminaba desorientada, ignorando el fuego y el caos, como si no entendiera en absoluto qué estaba pasando. Se me partió el alma. ¿Dónde estaban sus padres? ¿Qué había sido de su hogar? El instinto me gritó que saliera a protegerla, que la metiera en la casa, pero el miedo me tenía clavado al suelo. Mis piernas no respondían. Aquella casa fría y medio derruida era mi búnker, y yo era un cobarde. Cuando volví a mirar, la niña se había desvanecido entre el humo.
Horas después (¿o fueron días?) el bombardeo cesó, pero no el desasosiego. Al terror a los pájaros de la muerte le siguió un miedo aún más primitivo: el pánico a que mi refugio fuera asaltado por berlineses que acababan de perderlo todo.
Cuando el sol rompió las tinieblas de la noche, filtrándose a través de una nube espesa de ceniza que cubría lo que quedaba de Berlín, regresó James.
Yo no había pegado ojo. Tenía los nervios tan destrozados que, al escuchar la puerta, casi le rompo la crisma con una pata de silla creyendo que era un saqueador. Su ropa, impecable el día anterior, estaba cubierta de hollín, chamuscada y hecha jirones. Llevaba un pequeño paquete en las manos. Al principio pensé que traía el desayuno, pero resultó ser algo que había salvado de un edificio en llamas. No me dijo qué era y me prohibió terminantemente abrirlo.
Después de que conectara el agua (¡maldito James, sabía dónde estaba la llave de paso!), me aseé y me cambié de ropa. Fue entonces, con el pulso aún temblando, cuando le eché en cara el haberme dejado tirado en medio de aquel puto apocalipsis.
Me respondió con una frialdad escalofriante. Conservo sus palabras exactas porque activé el dispositivo de grabación de mi chaqueta:
—Te gusta la historia de la Segunda Guerra Mundial, pero no tienes ni idea de lo que es. Para entenderla, debes comprender que la guerra afectó a todos por igual. Se han escrito miles de libros sobre los héroes, sobre las grandes hazañas bélicas, sobre los generales y las tácticas. Pero se habla muy poco de las ciudades bombardeadas de uno y otro bando. De los civiles que rascaban los escombros con las manos sangrando. La guerra no fue una película de Hollywood con una bonita banda sonora de fondo; la guerra fue terrible, asquerosa y cruel para todos, incluso para los que posaban orgullosos ante las cámaras. Tú podrás volver a casa. Ellos vivirán y recordarán el olor a carne quemada de esta noche el resto de sus vidas. Espero que lo recuerdes cuando regreses a tu cómodo sofá, abras uno de tus libros o te pongas un documental. Y ahora, descansa un poco. Aún nos quedan un par de horas hasta que los incendios bajen de intensidad y podamos salir a la calle para que veas en qué se ha convertido Berlín.
Regresé a la cama. Me tumbé mirando al techo manchado de hollín, intentando al fin descansar, ignorando que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.