Desde que vi Regreso al futuro en 1985 he querido viajar en el tiempo. Han tenido que pasar treinta y tres años para que la evolución tecnológica permita hacerlo con seguridad. No es ciencia ficción: es ciencia real. Lo he comprobado con mis cinco sentidos. He visto calles y edificios ya desaparecidos; he olido tanto el aroma de la vida como la pestilencia de la muerte; he oído voces de las que solo queda el eco; he saboreado gustos perdidos; he tocado objetos que ya no existen. He viajado hasta la Segunda Guerra Mundial.
Cuando me hablaron de Aevum Corporation, una empresa británica que organizaba viajes en el tiempo, no me lo creí. Pero después de hablar con una de sus agentes turísticas (gracias Miriam) y ver sus vídeos promocionales en VR, la posibilidad empezó a parecerme inquietantemente real. Aún hoy se me eriza la piel al recordar aquel recorrido en realidad virtual por el desembarco de Normandía.
Para mi primera experiencia elegí un viaje exprés de apenas tres días al Berlín de los años cuarenta. Quería ver con mis propios ojos cómo era la ciudad durante la guerra, antes de que los aliados la arrasaran. Podía escoger la fecha, pero mi guía, James, me aseguró que, dado mi interés por el conflicto, me llevaría a un día muy especial para la ciudad.
De esos tres días, uno lo pasé en la base de operaciones de Aevum, en la isla de Guernsey, recibiendo instrucciones y preparándome para el salto. La comodidad de las instalaciones me sorprendió: todos recibían el mismo trato y no existían viajeros de primera ni de segunda clase. «En Aevum todos son VIP», proclamaba su fundador en uno de los vídeos corporativos. Al menos en Guernsey. En el pasado, sin embargo, las diferencias seguían existiendo: alojamiento de primera, de segunda o de tercera, según la experiencia que uno quisiera vivir y, por supuesto, según el dinero que se estuviera dispuesto a pagar.
Mi viaje, cuyos detalles no puedo revelar por contrato, resultó tan instantáneo como el de Marty McFly a 1955, aunque mi destino se encontraba bastante más atrás: el 23 de noviembre de 1943. James y yo pasamos la primera jornada recorriendo lugares que yo había visto innumerables veces en películas y documentales. El momento culminante, aparte del paseo por la amplísima Unter den Linden frente a la Puerta de Brandeburgo, fue la visita a la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche. Antes de que los bombardeos aliados la desfiguraran para siempre, la iglesia había sido uno de los grandes símbolos de Berlín. Allí no solo se celebraban bodas, bautizos y funerales; también conciertos y actos civiles.
En su interior, tras el altar, se alzaba la figura de un Cristo con la mano izquierda apoyada sobre el pecho, cobijado bajo un pequeño templete de arcos y columnas e iluminado por grandes velas. Aquel Cristo sería testigo de cómo las bombas destruían cuanto lo rodeaba; vería el hambre, la derrota y la división de Berlín, pero también su lenta reconstrucción. Ya en el siglo XXI, instalado en un lugar privilegiado entre las ruinas de la iglesia, contemplaría pasar ante sí a generaciones enteras de personas de credos y orígenes muy distintos. En mi tiempo, la figura había perdido el brazo derecho. En 1943, sin embargo, pude verla intacta, observando con humilde serenidad a los feligreses que rezaban en silencio frente a ella.
Al salir seguimos recorriendo el Berlín de 1943. En muchas zonas nos exigían alguna clase de identificación, pero tanto mi guía como yo íbamos perfectamente camuflados como agentes de la Kripo, un disfraz que despertaba más temor que sospechas. La verdad es que me habría gustado visitar un año anterior, uno en el que la ciudad no mostrara ya tantas heridas abiertas. Había demasiados edificios derruidos, demasiados rostros grises, demasiado cansancio acumulado en las calles. La visión de aquella destrucción resultaba desoladora, aunque para no dejarme arrastrar por la compasión recordaba que muchos de aquellos berlineses habrían aplaudido las leyes raciales, arrojado piedras contra escaparates judíos o tenido a algún familiar asesinando inocentes en el frente oriental. Yo había ido a ver una ciudad, no a sus habitantes. Y, aún así, Berlín seguía brillando entre las sombras. Incluso bajo la escasez, los uniformes y el miedo, seguía siendo una joya.
Para pasar la noche no fuimos a ningún hotel. James me condujo hasta una casa abandonada en la que, según dijo, nadie entraría. Me llamó la atención que la puerta principal y el acceso a la planta superior estuvieran bloqueados por montones de escombros. La vivienda contigua había recibido el impacto de una bomba, y parte de su estructura se había desplomado sobre mi improvisado alojamiento. Antes de marcharse, James me ordenó que, pasara lo que pasara y oyera lo que oyera, no saliera a la calle. Vendría a buscarme por la mañana para continuar el tour.
—¿No duermes aquí? —le pregunté.
Me respondió que, para disfrutar la experiencia como era debido, debía pasar la noche solo.
—No te preocupes —añadió con una sonrisa extraña—. Mañana seguirás vivo.
Ahora recuerdo aquellas palabras con una mezcla de ira y tristeza. Sé por qué se reía así, y cada vez que lo pienso un escalofrío me recorre el cuerpo y me hiela el alma. Si aquella noche hubiera sabido lo que me esperaba, habría huido de inmediato.
Maldita guerra.