Estación de tren abarrotada durante la gripe española de 1918, soldados y civiles con mascarillas al regreso de la Primera Guerra Mundial.
Recreación IA de una estación europea durante el retorno de tropas en 1918.

La gripe española de 1918: el enemigo invisible

World War 2 Freak suele hablar de batallas, frikadas y películas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, para entender el siglo XX y la mentalidad de supervivencia de la generación que luchó en 1939, hay que mirar veinte años atrás. Justo cuando los cañones de la Primera Guerra Mundial callaban en 1918, un asesino mucho más letal empezó a recorrer el mundo.

La gripe española de 1918 no llevaba uniforme ni entendía de fronteras, pero se cobró la vida de entre 50 y 100 millones de personas en un tiempo récord. ¿Cómo un virus logró ser más devastador que los frentes de batalla europeos?

El origen de una mentira histórica

El primer gran mito de la pandemia fue su nombre. Gripe española. Sin embargo la enfermedad no se originó en España. Los primeros casos documentados sugieren que comenzó en campamentos militares de Estados Unidos, concretamente en Kansas, antes de cruzar el Atlántico junto a las tropas que iban al frente europeo.

Entonces, ¿por qué se la llamó española? La respuesta es la censura militar. Las potencias implicadas en la Gran Guerra (Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania) censuraron a su prensa para no hundir la moral de soldados y civiles. España, al ser un país neutral, informó con total libertad sobre los estragos de la epidemia. El mundo entero leía las noticias españolas y asumió erróneamente que el epicentro estaba allí.

No sería el único nombre que recibiría. En España, con la ironía propia de quien convive con el miedo, la llamaron «el soldado de Nápoles» por una zarzuela muy popular en la época que era igual de «pegadiza» que la gripe. Los soldados aliados la conocían como la «dama española», los alemanes la llamaban Blitzkatarrh (catarro relámpago) y los británicos Flanders Flu. El color violáceo que adquiría la piel de los enfermos más graves le valió el sobrenombre más siniestro de todos: «muerte púrpura».

Trincheras: la incubadora perfecta

La Primera Guerra Mundial creó la tormenta perfecta para la propagación. Las trincheras europeas eran el escenario ideal: hacinamiento extremo, frío, mala alimentación, estrés crónico y soldados con sistemas inmunológicos destrozados.

Pero la gripe española no era solo fiebre y malestar. En sus formas más agresivas el cuerpo se convertía en un campo de batalla. La temperatura se disparaba, la tos se volvía seca y muchos enfermos empezaban a respirar como si el aire no bastara. Algunos médicos de la época describieron rostros amoratados, labios azulados y una sensación de asfixia progresiva que podía aparecer en cuestión de horas. En los casos más graves, el sistema inmunológico reaccionaba de forma tan violenta contra el virus invasor que terminaba destruyendo el propio cuerpo, una reacción conocida como «tormenta de citoquinas». Los pulmones se llenaban de líquido y el enfermo se ahogaba lentamente en sus propios fluidos.

Lo más desconcertante era la velocidad. Una persona podía levantarse con fiebre por la mañana y estar gravemente enferma al caer la noche. A diferencia de otras gripes que afectaban solo a niños y ancianos, la letal ola de otoño de 1918 mataba principalmente a jóvenes sanos de entre 20 y 40 años. Justo el tipo de hombres que llenaban cuarteles, trenes militares y hospitales de campaña. Para una generación acostumbrada a temer balas, gases y artillería, debió de resultar aterrador descubrir que el enemigo más mortífero era invisible.

Y cuando el 11 de noviembre de 1918 por fin llegó el armisticio, la alegría colectiva también aceleró los contagios. Las celebraciones, los abrazos en las calles, las concentraciones masivas y el movimiento de multitudes ofrecieron al virus una gran oportunidad para propagarse. Tras años de guerra, Europa quería respirar y reunirse, pero lo que nadie imaginaba es que también le estaban dando al virus una gran fiesta. Muchos soldados que habían sobrevivido a la guerra, acabaron cayendo semanas después cuando parecía que lo peor ya había pasado.

El legado que forjó a la generación de la WWII

Los supervivientes de la gripe española fueron los padres de los soldados que desembarcarían en Normandía o lucharían en Stalingrado, y en muchos casos, los propios comandantes. Los horrores biológicos vividos en 1918 cambiaron para siempre la medicina militar, obligando a los ejércitos a mejorar drásticamente sus protocolos de sanidad, cuarentena e higiene de cara a la Segunda Guerra Mundial.

No hacía falta ver el frente para contemplar el horror. Bastaba una sala de hospital, una estación abarrotada o una casa donde alguien había empezado a toser.

Sumérgete en el caos de 1918

La historia está hecha de datos, pero la ficción histórica nos permite sentirla. Si te fascina esta época convulsa donde la supervivencia lo era todo, te invito a descubrir mi novela Cuando ya no esté.

En sus páginas viajo al corazón de la epidemia de gripe española de 1918 para retratar el caos, la desesperación y la voluntad de resistir frente al abismo de la guerra y la pandemia. Una cinematográfica novela pensada para quienes disfrutan de la historia contada desde dentro.

About Víctor Baldoví

Víctor Baldoví es guionista, escritor y divulgador de la Segunda Guerra Mundial. Con más de 20 años documentando la WW2, ha publicado cinco libros, dos de ficción y tres de no ficción. Gestiona ww2freak desde 2005, una de las webs de referencia en español sobre la Segunda Guerra Mundial.
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