El campo de concentración nazi de Bergen-Belsen fue liberado por las tropas británicas el 15 de abril de 1945. Poco después, un equipo de rodaje del ejército capturó el momento exacto en el que varios supervivientes, apenas unos niños, se acercaban a una de las alambradas de espino para mostrar su alegría ante la liberación.

Entre los rostros demacrados pero sonrientes que miraban a la cámara, había uno que destacaba del resto. La forma de su rostro, el corte de pelo, una sonrisa tímida asomando tras el alambre… ¿Podía ser ese rostro el de la joven escritora judía Anne Frank?

Sin embargo, ella no es Anne. She is not there. Ella no está ahí. Una segunda fotografía demuestra la escalofriante verdad:

Apenas unas semanas antes de que los tanques británicos asomaran por el horizonte, el frágil cuerpo de Anne había sucumbido a la epidemia de tifus que arrasaba los superpoblados barracones de Bergen-Belsen. Días antes, su hermana mayor Margot había caído muerta de su litera por culpa de la misma enfermedad. Los testigos que sobrevivieron contaron que aquel fue el golpe definitivo que acabó rompiendo el espíritu de la joven escritora.
Su final no tuvo nada de poético. Murió en el anonimato más absoluto, con apenas 15 años, rodeada de oscuridad y desesperación. Se desconoce si su cuerpo fue quemado por las SS o si quedó a la intemperie en una de las dantescas montañas de cadáveres que más tarde los soldados británicos tuvieron que enterrar en fosas comunes.
Anne Frank nunca salió viva del infierno de Bergen-Belsen. Pero su espíritu sí lo hizo.

Hoy, tal y como ella deseaba y dejó escrito en su diario mientras permanecía escondida en un pequeño anexo de Ámsterdam, sigue estando viva mucho después de su muerte.
Photographic sources: BergenBelsen.co.uk / Anglonautes / Yad Vashem / Wikipedia.