José Alcubierre, el joven de Angulema. Víctor Baldoví World War 2 Freak Curiosidades, anédotas y personajes de la Segunda Guerra Mundial

José Alcubierre, el joven de Angulema.

José Alcubierre, sentado junto al escritor Carlos Hernández, repasaban su paso por el campo con un ejemplar de “Los últimos españoles de Mauthausen” en la mano. “Aquí estoy… ¡Apunta mi número! El 4100”. Un ruido le hizo alzar la mirada y sus experimentados ojos se encontraron con un rostro que no veía desde hacía 70 años, desde la liberación del campo de concentración de Mauthausen en Mayo de 1945.

https://www.youtube.com/watch?v=LY969_mtYF4

Mientras los periodistas tomaban asiento, José y Siegfried empezaron a hablar sobre su paso por el campo. El autor se acercó a ellos para acompañarlos hasta la mesa y José, aún combativo a sus 89 años, le recriminó a Siegfried algo que le había dicho: “Él dice que quiere olvidar. ¡Pero yo no! ¿Qué hago? ¿Le pego?”

Los supervivientes José Alcubierre y Siegfried Meir se reunieron con Carlos Hernández el pasado 27 de Enero para la presentación de “Los últimos españoles de Mauthausen”, libro en el que se repasa y homenajea a los 9.328 españoles que pasaron por los campos de concentración nazis. “Hombres, mujeres y niños cuya historia fue enterrada primero por Franco y después olvidada por nuestra democracia” según el autor. El libro también señala a los responsables de su presidio y aporta pruebas documentales irrefutables que reflejan su culpabilidad.

Para Carlos conocerles “ha sido un privilegio enorme, un regalo de la vida, de verdad, el conocerles, ya solo por eso, bueno, pues está justificado todo éste tiempo y toda la dedicación y todo… ¡Todo está justificado con haberles conocido! Y estoy seguro que también para vosotros va a ser un privilegio poder escucharles”.

José cogió aire y empezó a narrar su paso por el campo. Mientras hablaba una extraña bruma de recuerdos empezó a disolver las paredes de la sala de reuniones del Hotel NH Alcalá, a convertir las cómodas butacas en piedras, el suelo de baldosas en tierra. Las paredes cayeron y nuestra vista contempló un enorme camino de tierra flanqueado por barracas de madera que acababa en una muralla con dos altas torres a cada lado. Tras nosotros, donde acababa el camino, adivinábamos un barranco del que salían extrañas órdenes gritadas en alemán, gemidos y el sonido de picos y las palas golpeando la piedra. Nos encontrábamos en el corazón de Mauthausen y junto con José nos dispusimos a recorrer todos los rincones de aquel mundo olvidado por los dioses y gobernado por demonios. Los olores nos ofenderían, las visiones nos aterrorizarían, los sonidos nos helarían  la sangre pero debíamos ser testigos para no olvidar, para obligar a recordar un período de la Historia que no podía volver a repetirse.

El convoy de los 927

José Alcubierre y su padre Miguel habían huido a Francia. No eran combatientes pero sí republicanos de corazón y el imparable avance franquista los había obligado a exiliarse a Francia. Ambos estaban en el campo de refugiados de Les Alliers, cerca de Angulema cuando el 20 de Agosto de 1940 les metieron en un convoy de tren con destino a los campos de concentración nazis en el corazón del Reich alemán. “Cuando salimos de Angulema no sabíamos dónde íbamos. No sabíamos nadie, nadie. Hay quien decía luego más tarde ‘Ay, yo lo sabía’. ¡Mentira! Nadie sabía dónde íbamos.” El viaje en tren, en vagones sobrecargados cuya capacidad oficial era de “40 hombres y ocho caballos”, duró “cuatro días y cuatro noches.” La cuarta noche llegaron a una estación y José le preguntó a su padre:

-Papá, ¿dónde estamos?
-Pues no lo sé hijo. Se ha parado el tren y aquí estamos.

El tren, con las puertas de los vagones cerradas, estuvo detenido en la estación hasta el mediodía. Cuando los centinelas alemanes abrieron  las puertas de los vagones “dijeron señalando pues ‘tú, tú, tú, abajo… Tú, tú, tú abajo’” Los soldados hicieron bajar a los hombres mayores de quince años y uno de ellos se fijó en José. Tenía catorce años. “Me dice ‘Tú’. Me habla en alemán, yo no entendía alemán ni una gota entonces.” José levantó las manos y le hizo con gestos el número quince. El soldado le gritó ‘Abajo’ y lo hicieron bajar junto con su padre. “Al llegar al campo subimos las escaleras del garaje hacia el campo y vimos un portal muy grande, con unas letras, arbeit macht frei, quiere decir, ‘El trabajo rinde la libertad’. No sabíamos nada. Entramos, nos desnudaron, nos dieron los trajes que conocéis, cebraos, que últimamente ya no los llevábamos y entramos al campo.” Al principio las autoridades nazis no sabían qué hacer con ellos. “Y entonces unos días más tarde dijeron que telegrafiaron no sé qué consultación con Franco y Suñer y dijeron ‘haced lo que queráis con ellos’. Y fuimos los únicos españoles de todos los campos que llevábamos un triángulo azul. Triángulo azul.” El triángulo azul significaba “apatride. Sin patria ninguna.”

El infierno de Dante

José y su padre, rebautizados como prisioneros 4.100 4.128 respectivamente, acabaron en el bloque 18, el bloque de cuarentena. “Al mediodía vienen con unas calderas de 50 litros para darnos un cazo de casi agua y un poco de legumbres, no sé lo que era. Pero aquello era tan malo que yo no pude comerlo. Y muchos como yo. No podíamos comerlo, eso olía mal.”

-¿Vamos a comer esto, papá? –le preguntó José a su padre.

“Y dice ‘pues no sé, no sé’ Era baturro… Y decía ‘pues no sé, no sé…’”

No tardaron en llegar desde el bloque 16 otro grupo de españoles. Uno de ellos vio que José no había probado su plato de comida.

-Oye chaval, ¿no puedes comerlo? –le preguntó.
-¿Cómo voy a comer eso yo? Si esto no, no puede ser, es una porquería.
-De aquí a unos días ya la comerás. No hay otra cosa.

“Y así fue. Dentro de unos dos, tres o cuatro días ya comíamos aquello.”

Cuando les sacaron de cuarentena les enviaron a diversos grupos de trabajo llamados kommando. A José le asignaron al grupo de trabajo que entre otras cosas limpiaba los barracones, el Stubedienst pero a su padre lo seleccionaron para trabajar en la cantera de Mauthausen. “Él trabajaba en la cantera y nosotros limpiábamos, no bajábamos a la cantera, estábamos más o menos bien. Mi mujer se enfada cuando digo que yo estaba bien. Se enfada… Sí, es verdad…”

Dos meses más tarde por la mañana José se reunió con su padre nada más despertar y éste le ofreció un pedacito de pan.  “Como un chusco, partido en tres veces. Eso era la cantidad que nos daban por día.” José se quedó mirando aquel trozo de comida, alzó la vista hacia su padre y le dijo:

-No papá, ¿no has comido el pan tú ayer noche?
-Cómetelo y cállate.
-Papá, cómetelo que, que no hay otra cosa, si…
-¡Cómetelo!

“Si casi se enfadó. Yo no quería que se enfadara mi padre. Yo me comí su pan. ¡Yo creo que lo tengo aquí todavía…!” Para él, su padre era un héroe que se desvivía por él a costa de su propia vida. Incluso cuando regresaba de la cantera con la camisa empapada por la lluvia y José le ofrecía la suya, Miguel se negaba a aceptarla.

Cada mañana su padre le daba su ración de comida y cada mañana José se escondía para que no se la diera. “Por la noche llega mi padre, sube de la cantera y me dice ‘¿Dónde estabas ésta mañana?’ digo ‘yo estaba ahí con los amigos, tal’ dice ‘te has escondido ésta mañana, ¿eh?’ Y desde aquella mañana yo me escondía para que no me diera su pan. Yo no quería comer su pan.”

El 24 de Enero de 1941 formaron a todos los españoles en la Appellplatz, “la plaza del llamamiento para contarnos. Entonces sacaron, tal, tal, tú adelante, tú adelante, tú adelante… Y sacaron a mi padre también para delante. No sabíamos por qué. Y yo, cuando sacaron a mi padre enseguida me tiré a él y nos estrechamos fuerte.”

Le costaba continuar. Las palabras se agolpaban en su mente pero morían en su garganta. La emoción de los recuerdos era demasiado intensa pero no más que su fuerza de voluntad por contar la verdad de lo que ocurrió en aquel campo.

José se dirigió en alemán al jefe de campo Bachmayer y le dijo:

-Yo, con mi padre, estamos estrechados, voy con él allá adelante.
-No, tú aquí, detrás de mí.
-No, no, no, yo con mi padre.
-No, no… tú aquí.

“Y entonces vi a dos SS que venían, uno por la izquierda y otro por la derecha, y le digo ‘papá, nos tenemos que separar porque nos van a separar a la fuerza’. Y claro  nos estrechamos fuerte todavía. ¡Yo no he visto más a mi padre!”

“Fue el primer convoy, la primera selección digamos que se hizo de españoles en Mauthausen para enviar a Gusen. Con lo cual es una especie de, para la deportación española, de fecha histórica” puntualizó Carlos Hernández, autor de “Los últimos españoles de Mauthausen”.

“Mi padre marchó con los otros. No sabíamos dónde iba. Pero nos dijeron enseguida porque se sabía todo enseguida, que iban a un campo abajo. A cuatro kilómetros o cinco kilómetros de Mauthausen.” José aprovechaba cualquier oportunidad para preguntar a quien pudiera tener acceso a Gusen acerca de la situación de su padre y uno de los prisioneros le aseguró que su padre estaba bien. “Yo estaba contento, mi padre estaba bien, está bien”.

El comando César

1Las autoridades del campo formaron un pequeño comando de 30 españoles para trabajar en el subcampo de Vocklabrück a las órdenes del oberkapo español César Orquín, un valenciano universitario que había pertenecido a la CNT y que hablaba perfectamente el alemán. José era uno de los integrantes del comando y trabajaba en las cocinas junto con dos españoles y cuatro o cinco cocineros alemanes. Para ir a buscar hielo tenían que acudir al pueblo y allí algunos jóvenes les lanzaban piedras. “Los jóvenes hitlerianos, vestidos de caqui, con el brazal, nos tiraban  piedras pero no hacíamos caso. Y a veces había el SS que nos acompañaba y los reñía. No entendíamos lo que quería decir pero en fin, los reñía.”

Un día cierto teniente alemán cuyo oficio era carnicero vino a verles. “Tenia mala leche, como decimos en español. Nos lo miramos y ‘¿Qué le pasa a éste, qué le pasa a éste?’ decíamos nosotros. Nos mira a los tres y al primero que me encuentra es a mí.” El teniente le preguntó:

-¿De dónde eres tú de España?
-De Barcelona.
-Ah, Barcelona…

“Y  me empieza a hablar, yo no entendía nada ya. Ya perdí la noción de lo que me decía. Y dice ‘¿Qué harás tú si un día me ves en Barcelona?’ Yo pensé, me…  hijo puta…si te viera en Barcelona un día te… “

-Ah, yo le diría buenos días señor Willy.
-Ah, bueno. ¿Tú dirías eso?
-Sí, sí.

“Me empezó a pegar. Me cago en la mar… Y yo no sé dónde me metía. Cogía los tubos de la calefacción , de la caldera y yo no sabía donde ponerme, que no tenías que caerte por el suelo porque entonces te daban patadas. Me pegó una paliza de miedo. Va el otro, de Madrid, Fernando Pindado García Meras, dice las mismas preguntas. La misma contestación. Le empezó a pegar también. ¡Ja! Y yo pensaba ‘ y yo he pasado antes que tú’ Bueno, lo dejó. Va el otro y también.” El teniente les pegó a los tres pero sus heridas sanaron rápido y poco después los jerarcas de Mauthausen les hicieron regresar al campo principal. Uno de ellos, Fernando Pindado, tuvo la suerte de ser liberado tras regresar a Mauthausen, una liberación “fruto de una gestión del gobierno de Franco lo cual demuestra, obviamente, que el Gobierno de Franco sabía que había españoles allí y no solo eso, lo que parece más terrible es que podía decidir quién salía y quién no salía, es decir, quién vivía y quién moría” puntualizó Carlos Hernández.

Los “pochacas”

Lo primero que hizo José tras regresar fue preguntar por la suerte de su padre en Gusen. Se dirigió al primero que encontró, el “galo” Ramos y le preguntó si había visto a su padre.

-Ah sí, tu padre está bien, tu padre está bien.

Pero José quería más información y también le preguntó a un compañero llamado Jacinto Cortés, del Prat de Llobregat de Barcelona.

-Oye Jacinto, ¿has visto a mi padre?
-José… Tu padre ha muerto.

“Aquello fue una puñalada. Yo corrí al stube, al bloque y dije ‘mi padre ha muerto en Gusen. Yo quiero llamar, me acuesto un poco en la cama ‘ ‘Sí, sí, márchate a acostarte’ Los otros estaban allí fuera paseando y tal. Era un sábado. Y yo llorando a mi padre.”

José junto con otros prisioneros continuó en las cocinas pelando patatas. “Veíamos a otros jóvenes que venían de los comandos, venían con los otros a pelar patatas (…) Navazo, otros, muchos se enchufaron allí. No había más y se enchufaron allí.”

En el verano de 1943 el comandante del campo pactó con el empresario alemán Anton Poschacher enviar jóvenes del campo a la pequeña cantera que tenía cerca de Mauthausen. Sus operarios habían sido enviados a combatir al frente y necesitaba mano de obra, una práctica habitual entre las empresas que usaban trabajo esclavo durante la Segunda Guerra Mundial. “Y entonces nos llamó el comandante delante de la kommandatur dice ‘vosotros’, éramos 40 jóvenes. Todos, 40 jóvenes justos. Y dice ‘vosotros vais a ir a trabajar a Mauthausen. A la cantera de Mauthausen. Pero no a la cantera de Mauthausen del campo sino al pueblo. ‘  Joer… como no podíamos decir nada… ‘Y vais a ganar dinero. Os vamos a pagar’ Je, nos van a pagar…

Los jóvenes, conocidos como “pochacas” por el apellido del empresario alemán, regresaban cada noche a dormir al campo y a partir de otoño de 1944 accedieron a un régimen de semilibertad, es decir, trabajaban vestidos de civil en granjas cercanas a Mauthausen y tiendas pequeñas. José y su cuadrilla trabajaban en la cantera del pueblo junto a la que pasaba una carretera y tenían que atravesarla para llevar piedras al Danubio o a un montacargas. Desde allí “veíamos pasar todos los convoys que llegaban al campo. Los veíamos todos. Les preguntábamos ‘¿de dónde vienes?’ ‘De tal sitio, de tal sitio’ Por eso que sabemos muchas cosas. Como los españoles de Mauthausen sabemos mucho, mucho más que ningún otro… ¡Sí! Los españoles de Mauthausen sabíamos todo. Lo que se pasaba en Mauthausen y fuera del campo.”  También fueron testigos de las deportaciones de judíos “eso ya en el 44, ¿eh? Entonces vimos a los judíos y demás que subían, ya medio muertos todos, los franceses, los polacos, los checos, todas las nacionalidades, lo veíamos siempre todo. Todos estábamos. Teníamos que frenar la vagoneta para dejar pasar. O dejarnos pasar”

Durante la evacuación de Auschwitz los “pochacas” eran testigos de las marchas de la muerte que llegaban al campo. “Cuando vinieron de Auschwitz vinieron en vagones descubiertos, la mayoría muertos ya, otros andando.” Para José aquello “era terrible. Ver aquellos chicos, mujeres, niños y demás, terrible, de verlos ya. Una judía que lo vio se sonrió. Muchas. Sí, ya se sabía. Bueno… Terrible, terrible…”

José intentaba seguir adelante aún con el recuerdo de su padre en el corazón. Un día vino un preso madrileño llamado Manolo y le dijo:

-Oye José. ¿Tú sabes que tu padre ha muerto en Gusen?
-Sí, claro que lo sé.
-Pero tú no sabes cómo.
-No.
-En Gusen eran tres mañicos. Les llamaban los tres mañicos. Siempre iban juntos los tres. A comer, a dormir, siempre iban los tres juntos. Y un día llegó que uno de ellos cayó.

“Y él no me dijo quién. No me dijo que era mi padre tampoco.”

José va a romper a llorar pero se recupera y continúa con su historia.

“Enseguida el cabo llegó, un cabo, eran poloneses, entonces los amos de Gusen eran poloneses. Llegó con un mango de pico y ¡pum!, le empezó a pegar. ‘Levántate, que eres un vago, que no quieres trabajar’. Pero el hombre no podía. Eran de edad los tres, mi padre, él también era de edad.” Los otros dos mañicos intentaron proteger al prisionero caído para que no le pegaran y el kapo polaco sacó un silbato y empezó a pitar. “Entonces vinieron otros cabos y empezó a pegarle a los tres. Cayeron los tres por el suelo, al lado de la vagoneta cargada de piedras que iban a llevarla y entonces, a puntapiés le pegaron a los tres. A puntapiés, así murieron los tres mañicos… Dos que eran de Teruel…”

José empieza a llorar y entre sollozos gime:

“…y un baturro que era mi padre.”

En primer término, de izquierda a derecha, Ramón Milà, Francesc Boix y Luisín García. Detrás, de izquierda a derecha, Jesús Grau y José Alcubierre. Se encuentran delante de la casa de Anna Pointner. Mayo 1945.
En primer término, de izquierda a derecha, Ramón Milà, Francesc Boix y Luisín García. Detrás, de izquierda a derecha, Jesús Grau y José Alcubierre. Se encuentran delante de la casa de Anna Pointner. Mayo 1945.

La muerte de su héroe hizo que José se volcara en impedir que los crímenes de los nazis quedaran impunes y que la verdad sobre lo que ocurría en Mauthausen viera la luz. “José estuvo en, quizás, la acción más conocida, fue protagonista de la acción más conocida y una de las más determinantes” explicó Carlos Hernández, autor de ‘Los últimos españoles de Mauthausen’ “que fue el salvamento de las fotografías que constituyeron  una de las pruebas fundamentales para acusar a los nazis y que fueron exhibidas de hecho en los juicios de Nuremberg. José fue una de las personas que sacó aquellas fotografías del campo de concentración de Mauthausen jugándose la vida para hacerlo.” Aprovechando que los “pochacas” salían y regresaban cada día del campo José, junto con Jesús Grau y Jacinto Cortés, sacaron varias fotografías realizadas por los nazis que Francesc Boix y Antonio García, encargados del laboratorio fotográfico, habían ocultado en el campo. José se hizo amigo de la austríaca Anna Pointner, que vivía cerca del pueblo, y escondió las fotografías en su casa.

“¿Y qué aprendió como persona o sobre sus compañeros tras su paso por el campo?” le preguntó Victor Badoví, redactor de ww2freak.com. “Humanitarias, humanitarias nada más. Cosas humanitarias. A mí me dan mucha pena las cosas pero aprender, qué voy a aprender… Bah… Que es raro…”

Convivir con la muerte podía llevar a un hombre a volverse loco.“Ramiro Santiesteban por ejemplo me contaba un día que al principio cada vez que moría un español, que moría un prisionero era tremendo.” Al primer muerto español le hicieron un minuto de silencio rebelándose ante los SS. “Luego morían tantos que ya lo único que hacíamos era, cuando veíamos un muerto en el suelo mirar de qué color llevaba el triángulo. Si no era azul decíamos ‘menos mal que no es de los nuestros’. Y si llevaba el triángulo azul decíamos ‘joer, otro de los nuestros que ha caído’. Y nada más. Nada más. Porque claro, si estabas todo el día pensando, llorando por los muertos es que morías tú.” El secreto de la supervivencia residía en no pensar.  “No pensar en la familia, no pensar en la vida diaria allí, simplemente pensar en que había que llegar hasta la noche. O sea, y que, como aquellos prisioneros que caían en la melancolía y empezaban a pensar en las familias y ‘uy mi madre qué estará haciendo’ o ‘mi hermana pobrecita’y  no sé que, todos acaban muertos.”

El legado de un superviviente

Cuando José salió de Mauthausen por última vez dejó dentro todo rastro de rencor y venganza. “No tienen ningún rencor” explicaba Carlos Hernández. “Hacen una distinción, eso sí muy clara, ¿eh? Por ejemplo, Alcubierre me decía una cosa (…) Le pregunté ‘¿y no tienes rencor hacia los alemanes, hacia tal?’ dice ‘¿Rencor por qué? Eso son… Las nuevas generaciones qué culpa tienen’ dice ‘bueno hay una cosa que te voy a decir. Si me encuentro con un alemán, que tiene el pelo blanco y que tiene mi edad, no le saludo porque no sé qué es lo que haría durante la guerra. Pero el resto, ¿qué culpa tienen?’.

José, a la izquierda, con los deportados David Moyano, José María Villegas y Juan Camacho, en los actos del aniversario de la liberación del campo, en mayo de 2008.
José, a la izquierda, con los deportados David Moyano, José María Villegas y Juan Camacho, en los actos del aniversario de la liberación del campo, en mayo de 2008.

En la mayoría de países los supervivientes de los campos han sido y son homenajeados y honrados como se merecen. “Ten en cuenta que en Francia, decimos lo que queramos pero todos los meses, todo el año hacen homenajes a los deportados. Y nos invitan a los deportados igual francés que español, quedamos muy poquitos, nos invitan a ir y los más escuchados somos los españoles.”  En Francia “todos han conseguido la legión de honor. La legión de honor es lo más distinguido que hay en Francia para honorar a un hombre. Ahora dicen que nos la van a dar a los que hemos sobrevivido. Yo no lo creo.” Sin embargo los deportados españoles, a diferencia de los deportados de otras nacionalidades, siempre han estado olvidados primero por el gobierno de Franco y luego por los gobiernos surgidos de la democracia. Según José el gobierno español “no ha tenido ninguna consideración para nosotros. Sabiendo siempre que hemos sido los primeros que hemos estado en los campos y los últimos, los últimos digo a salir del campo. Españoles.”

Carlos Hernández cree que “el único homenaje que les podemos hacer, sobretodo pensando que ellos representan aquí a nueve mil y pico españoles que no pueden estar en ésta mesa, yo creo que el único homenaje que les podemos hacer es contar la verdad”. Revelar lo que pasaba día a día en los campos es duro, sobretodo para los supervivientes, pero según Carlos es necesario porque “todavía no se conoce en éste país, en mi opinión, lo que, lo que realmente ocurrió y porque yo creo que el único homenaje de verdad que podemos hacer, insisto, aunque sea aprovechándonos un poco de éstos supervivientes a los que no están, que son más de nueve mil, es contar la verdad, contar lo que les ocurrió, y contar además quiénes fueron los que les acabaron enviando allí.”

-Me ha dicho una cosa que no estoy de acuerdo –dijo refiriéndose a Siegfried Meir, compañero de presidio junto al que estaba sentado- No estoy de acuerdo. Dice ‘yo quiero olvidarlo’. No puedes olvidar. El que ha pasado por un campo no puede olvidarlo.
-De hecho si quisiera olvidarlo de verdad no estaría aquí con nosotros- apuntó Carlos Hernández, autor de “Los últimos españoles de Mauthausen”.
-Yo te he dicho el porqué. Tengo el Mauthausen aquí -dijo señalándose el pecho donde pende una medalla con los números 4.100 y 4.218- Aquí lo tengo. Con el número mío y el de mi padre. No lo olvides.
-No, no… -susurró Siegfried.

Ninguno lo olvidaremos. Ninguno los olvidaremos.

Jose_Alcubierre-Siegfried_Meir

Fotografías: Victor Baldoví / Archivo José Alcubierre / Ediciones B

About Víctor Baldoví

Víctor Baldoví es guionista, escritor y divulgador de la Segunda Guerra Mundial. Con más de 20 años documentando la WW2, ha publicado cinco libros, dos de ficción y tres de no ficción. Gestiona ww2freak desde 2005, una de las webs de referencia en español sobre la Segunda Guerra Mundial.

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