Malditos Bastardos (2009)

Crónica del estreno
El 18 de Septiembre había amanecido con fuertes lluvias sobre San Sebastián y hacía muy poco apetecible salir a la calle y batallar contra los elementos. Pero muy poca gente tenía la opción de quedarse en casa y más pronto o más tarde decenas de personas intentaban caminar por las calles de la ciudad. El viento arrojaba la lluvia a la cara y los grandes charcos que había por el suelo hacían más difícil el camino.
Con el transcurso de las horas la tormenta fue perdiendo intensidad hasta que a media mañana tan sólo una fina lluvia golpeaba los paraguas de los transeúntes. Varios de ellos eran periodistas que caminaban hacia el Teatro Principal, donde a las dos de la tarde se proyectaría “Malditos Bastardos” como parte de la 57 edición del Festival de Cine de San Sebastián.
El primer periodista en llegar al cine fue un servidor, seguido de una pareja de alemanes. Si habían llegado a la ciudad por el festival de cine o interesados en cómo Tarantino iba a retratar a los alemanes del Tercer Reich sólo lo sabían ellos pues no quisieron comentar qué hacían allí.
El histriónico Carlos Pumares se mofó de la cola y entró en el cine para preguntar con soberbia si dejarían entrar antes por la lluvia. Conocía a varios de los responsables de la sala y se aseguró el poder entrar el primero al estar charlando con ellos en el interior.
La cola fue aumentando de tamaño con periodistas gráficos, reporteros de periódicos y revistas, miembros del festival y un curioso elemento humano: el periodista caradura que intentó, sin éxito, hacerse amigo del primero de la cola para burlar al resto de la fila. Acabó escuchando un “será mejor que os pongáis en la cola” que obligó a él y a un compañero suyo recién llegado a marchar humillados al final de la fila.
A la una y media el local abrió sus puertas y la fila de informadores entraron en la sala de proyección. Carlos Pumares ya ocupaba su sitio en el que para él era el mejor sitio: frente a un pasillo que permitía estirar las piernas. Cuando Pumares estaba charlando en el interior del cine antes de que se diera la entrada ya había preguntado: “¿Se podrá ocupar la única fila de todo el cine que permite ver la proyección en condiciones o estará reservada como siempre?”
El primer pase de “Malditos Bastardos” había creado una gran expectación y la sala se llenó rápidamente. Algunos de los que ya estaban sentados sacaban de sus bolsas y mochilas bocadillos, pastas o ensaladas enlatadas y saciaban su apetito sabiendo que hasta las cuatro y media no saldrían del cine. Los tardones buscaban sitio desesperadamente y no dudaban en jugar a una especie de tetris humano preguntando a los que ya estaban sentados si podían moverse. En mi caso me preguntaron si podía cambiar mi asiento por uno situado una fila más atrás para que tres amigas pudieran estar juntas. Teniendo en cuenta que no se sabía cuándo iba a aparecer la tercera amiga o si iba a aparecer era una solemne tontería.
Pasados unos minutos de las dos de la tarde las luces de la sala se apagaron y una parte del público empezó a aplaudir. Tras un anuncio del canal TCM los aplausos volvieron a la sala pero se silenciaron cuando empezaron a sonar los primeros compases de la banda sonora de “Malditos Bastardos”, una partitura extraída del filme de 1960 “El Alamo”. El nuevo trabajo de Quentin Tarantino se proyectaba por primera vez en España y no dejaría indiferente a nadie.

La crítica
Quentin Tarantino regresa a sus orígenes y nos presenta “Malditos Bastardos”, un western de historia-ficción de dos horas y media cargado de guiños y homenajes cinéfilos, mucha sangre y diálogos brillantes.
Tal y como nos tiene acostumbrados, Tarantino fragmenta su película en pequeños capítulos, narrando varias historias paralelas que tienen lugar entre 1941 y 1944. Para que el público se relaje y no tenga que armar un puzzle mental como en “Pulp Fiction” o “Kill Bill”, Tarantino ha ordenado temporalmente todos los capítulos aunque no puede evitar caer en la tentación de insertar flashbacks breves y bien ubicados.
Algunas de las escenas de la película tienen tanta intensidad que podrían considerarse como mini-películas dentro de la misma película, como la escena inicial del Coronel Landa buscando a la familia Dreyfus o las que transcurren en el bar-sótano de París. Los diálogos de ésas escenas son brillantes, ingeniosos y resolutivos y demuestran que la mente de Tarantino parece estar más preparada para el cortometraje que para el largometraje. El guión, dentro del contexto de una distopía radical, tiene muchas dosis de coherencia aunque peca de un exceso de patriotismo y orgullo nacional. Las referencias a otras películas se cuentan por decenas y el verdadero cinéfilo podrá encontrar guiños a “El acorazado Potemkin”, “Los 12 del patíbulo”, “Centauros del desierto”, “Grupo salvaje”… La violencia y la sangre, siempre presente en la filmografía de Tarantino, convierte algunas escenas en pasajes terroríficamente “gore”, haciendo que “Malditos Bastardos” no sea apta para ciertos adultos sugestionables.
La música es crucial en la filmografía de Tarantino y en ésta ocasión toma prestadas de otras películas, en su mayoría westerns, la mayor parte de la banda sonora del filme. De hecho “Malditos Bastardos” empieza con un tema de “El Álamo” y continúa con otro de “El halcón y la presa” lo que es toda una declaración de principios. La canción “Putting out the fire” de David Bowie, que el cantante escribió para la película “El beso de la pantera”, aparece en una escena demostrando, anacrónicamente, que Tarantino no sólo cuenta una historia con imágenes sino con las canciones que aparecen en ellas.
Sus protagonistas son simplemente correctos pero dos actores destacan del resto, comiéndose a quien tengan por compañero de pantalla: Cristoph Waltz y Mélanie Laurent. Waltz ganó el premio como mejor actor en el pasado festival de Cannes por su papel de oficial del SD y Laurent, que se ha dado a conocer internacionalmente con el filme de Tarantino, es un refrescante soplo de aire fresco ante las miméticas jóvenes actrices que pueblan las pantallas de cine. No solo es bellísima sino muy convincente como actriz.
Ver la película en su versión original subtitulada es la única forma de ver la película tal y como Tarantino la creó: con alemanes hablando en alemán o en francés, franceses en francés, un Brad Pitt con marcado acento del Sur y los cameos sonoros de Samuel L. Jackson (narrador de la historia del Sargento Hugo Stiglitz) y Harvey Keitel (Comandante de la OSS al otro lado de la radio al final de la película). Su doblaje, heredero del franquismo, mutila la mayoría de diálogos en varios idiomas (Shoshana y su novio siempre hablan en francés) y tergiversa su guión: al principio de la película el Coronel Landa dice “(…)Sin embargo usted se defiende correctamente en otros idiomas” cuando en versión original dice “(…) Sin embargo creo que usted habla inglés perfectamente”. Ver la versión doblada de “Malditos Bastardos” es ver una patética copia mal hecha del original.
“Malditos Bastardos” es una vuelta de tuerca a la historia oficial de la Segunda Guerra Mundial, más cercana a la historia-ficción que a la realidad. Pero ello no es sinónimo de pésima calidad, todo lo contrario: Tarantino sabe cómo hacer cine y lo que nos muestra no es una película más sino su visión cinéfila sobre un pasaje de la Segunda Guerra Mundial con situaciones ingeniosas, violentas, cómicas y hasta dramáticas. Una curiosa película que no deja a nadie indiferente y que, de soportar las sangrientas ca
rnicerías, puede agradar hasta al más puritano historiador.

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