Los últimos españoles de Mauthausen

Eran seres humanos, hombres, mujeres y niños con padres, con hermanos, con sueños, con ganas de comerse el mundo… Eran españoles pero para su nuevo gobierno, impuesto a la fuerza tras una tormenta de fuego, eran indeseables que debían desaparecer en los campos de concentración del Tercer Reich; para los nazis no eran más que un número de identificación, esclavos que si no eran aptos para el trabajo o dignos de seguir viviendo según sus propias leyes debían ser eliminados; para el mundo eran prisioneros; para la Historia eran los olvidados.

El periodista y escritor Carlos Hernández de Miguel no olvida. Sobrino de un deportado español, Antonio Hernández Marín, decidió rendir homenaje a su “tío de Francia”  y a los más de 9.000 españoles que estuvieron presos en los campos de concentración nazis poniendo su alma en el libro “Los últimos españoles de Mauthausen” (Ediciones B). El resultado es un atlas de lo que significó para miles de españoles tener que estar recluidos en un campo de concentración nazi, qué vieron durante sus largos Españoles_de_Mauthausenaños de cautiverio y cómo se convirtieron, ya en plena democracia, en un recuerdo incómodo de los años más oscuros de nuestra Historia, en unos “olvidados”. “El objetivo precisamente del libro era humildemente intentar contribuir a sacarles de ése olvido, sobre todo a darles voz, a que fueran ellos los que contaran  lo que ocurrió” relató el autor a un nutrido grupo de periodistas durante la presentación oficial del libro en Madrid.

“Los últimos españoles…” va más allá y señala con el dedo a varios personajes que sellaron el destino de miles de exiliados españoles: “Franco no fue solo un cómplice pasivo, como se había dicho hasta ahora, sino que fue un cómplice directo, activo y que de hecho si éstos señores acabaron en los campos de concentración nazis fue por orden directa de Franco”. Sus afirmaciones se basan en pruebas documentales que el autor localizó en archivos de todo el mundo. Según los documentos desde el 31 de Julio de 1938 la policía franquista y la Gestapo tenían suscrito un protocolo de actuación conjunta que agilizaba los procesos de extradición y el intercambio de información sobre sus enemigos comunes. Entre 1939 y 1940 Alemania y España intercambiaron mucha correspondencia en la que se reflejaba el interés de las autoridades franquistas por capturar a los líderes republicanos exiliados en la Francia ocupada. En éstas misivas Madrid también se “desentendía” de la suerte que pudieran correr el resto de españoles refugiados en territorio francés. Tras la caída de Francia “los españoles estaban en campos de prisioneros de guerra junto a franceses, británicos y holandeses bajo la Convención de Ginebra, es decir, en sitios donde más o menos se respetaba los derechos humanos”. El 25 de Septiembre de 1940, el mismo día que la mano derecha de Franco finalizaba un tour  por Berlín, la RSHA (Oficina Central de Seguridad del Reich) emitió una orden según la cual todos los españoles presos en recintos para prisioneros de guerra debían ser trasladados a campos de concentración. Fue el principio del silenciado exterminio español. Franco tenía autoridad para liberar presos españoles y se tiene constancia de que dos internos, Fernando Pindado y Joan Bautista Nos,  fueron puestos en libertad gracias a “una gestión del gobierno de Franco lo cual demuestra, obviamente, que el Gobierno de Franco sabía que había españoles allí” y que  “podía decidir quién salía y quién no salía, es decir, quién vivía y quién moría”. El gobierno de Franco intentó liberar más presos españoles pero muchas veces llegaban tarde. Las cartas de respuesta  siempre acababan igual: “Lamentamos comunicarle que el preso, el prisionero por el que se interesan ha fallecido en tal fecha en el campo de concentración de Mauthausen”.

El exterminio español

Los archivos oficiales registran que 9.328 españoles acabaron en campos alemanes como Mauthausen, Dachau, Buchenwald o Ravensbrück. Nueve mil trescientas veintiocho historias con un mismo final de acto: ser rapados al cero y vestidos con un traje cebrado. De ellos 5.185 personas murieron en los campos nazis y 334 desaparecieron sin dejar rastro convirtiéndose en fantasmas, en hijos de la niebla.

Entre Agosto de 1940 y mediados de 1942 “es cuando se produce el grueso de las muertes”. A mediados de 1942 la situación cambia y la tasa de mortalidad cae en picado. “Los que quedan están ya colocados en unos puestos más o menos clave en el campo pues ya son sastres, o están en las oficinas del campo ayudando a los SS, están en los puestos que ellos llamaban de enchufados, de prominentem y tenían ya más posibilidades de sobrevivir”. El descenso de la mortalidad “también coincide con un giro en la estrategia desde Berlín” cuando Albert Speer  “ toma realmente las riendas del ministerio de armamento del Reich y decide intentar aprovechar esa mano de obra esclava que tenían en los campos de concentración y que hasta ese momento era destinada a eliminarla”. Los jerarcas nazis sabían que la guerra empezaba a complicarse y reorientaron su trabajo “hacia el esfuerzo de guerra”. Ése cambio de mentalidad “provoca que, no que haya más humanidad porque no la hay en ningún momento en los campos de concentración pero sí de alguna manera que baje un poco la tasa de mortalidad en los campos en los que estaban los españoles, no así en los lugares como Auschwitz donde estaban los judíos”.

El fin de la guerra

El avance de los ejércitos aliados provocó que los campos de concentración fueran evacuados y finalmente liberados. Pero la puesta en libertad de los presos españoles no fue gratis. La guerra les condenó a una vida sin libertad y la paz les condenó a tener que recordarlo. “Todos tienen una serie, digamos, de secuelas que son muy comunes. Hubo muchísimos Mauthausen_1945suicidios, que es una cosa que dices ‘pero si has salido vivo después de cuatro años en un campo de concentración, cómo te suicidas, ¿no?’. Pues hubo muchísimos suicidios de gente que no pudo soportar el dolor porque había ésa mezcla, un poco de sentimiento de culpa, de ‘por qué me he salvado yo y han muerto los compañeros’, y ‘a ver si el día que yo cogí aquel trozo de pan, al que se lo cogí’… En fin, ése sentimiento de culpa lo tienen todos”. El cordobés Juan Romero aún recuerda la cara de una niña judía que le sonrió antes de ser gaseada; al murciano Francisco Griéguez el miedo sigue sin dejarle conciliar el sueño. “Tiene 92 años y es incapaz de dormir por la noche. Entonces lo que hace es, se pasa las noches en vela y ya cuando llega la claridad se acuesta”. A Siegfried Meir, un niño judío que perdió a sus padres en Auschwitz, oír hablar en alemán  le pone enfermo. “Y luego cómo, bueno, claro, cómo tienen que rehacer su vida con todas ésas secuelas. Por ejemplo he entrevistado también a algunas viudas que me cuentan pues que de golpe se quedaban en silencio mirando al horizonte y que no había forma. Con una tristeza tremenda durante horas…”. A otros los recuerdos les volvieron locos y acabaron en sanatorios mentales. “Uno de ellos, Casimir Climent, que era uno de los secretarios de aquí de Mauthausen, de los que más hizo por la organización clandestina acabó absolutamente enloquecido.”

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