Los pilotos con más suerte del mundo

Las balas estrellándose contra el metal del aparato atronaban por encima del sonido del motor. Todos los sistemas de alarma estaban encendidos y los indicadores empezaron a volverse locos. Aquel iba a ser el peor día de su vida y James rezó para que en realidad no fuera el último. Cogió la fotografía de Claire que siempre llevaba en el panel de mando, se la guardó dentro de la chaqueta y en un instante todo se convirtió en un torbellino de chispas y fuego.

La explosión le lanzó fuera del aparato con el paracaídas destrozado. Por el rabillo del ojo vio a su aparato precipitarse hacia el suelo, roto en cientos de pedazos ardientes y un destello que debía ser el aparato enemigo pero todos sus sentidos estaban en el suelo que se acercaba a él a gran velocidad.

Empezaba a amanecer tras el horizonte, tornando de rojo y naranja las montañas nevadas sobre las que estaba cayendo. James sacó la fotografía de Claire, con su hija en brazos y mirando a la cámara y bebió de aquellos ojos amorosos mientras caía. Recordó los amaneceres que habían disfrutado y empezó a pensar en cómo sería para su hija ver la nieve por primera vez. Luego un pensamiento más tenebroso se coló en su mente:

«¿Encontrarán mi cuerpo? ¿Me repatriarán o dejarán mis restos aquí? Dios, no quiero morir… Aún me queda tanto por vivir… Aún me quedan tantas cosas por hacer…»

Tras cinco mil metros de caída libre el cuerpo de James se estrelló a más de doscientos kilómetros contra un bosque de pinos aún con la fotografía de Claire en la mano. Después de estamparse contra el suelo nevado todo quedó en silencio a excepción de unos gemidos y una respiración agitada. James estaba vivo. Los pinos y la nieve habían amortiguado la caída y estaba vivo.

«Vamos… Levántate… Es hora de volver a casa…»

James tenía un brazo roto pero se levantó, se guardó su fotografía, se limpió la nieve pegada a su cuerpo y echó a andar. No sabía hacia dónde ni con quién se encontraría pero le daba igual. Sentía que la suerte estaba de su lado, que era el piloto con más suerte del mundo.

Ésto es una historia de ficción pero durante la guerra varios pilotos lograron sobrevivir a caídas libres sin paracaídas. Ésta es la historia de tres de ellos.

7.000 metros

Enero de 1942. El Teniente soviético Ivan Mikhailovich Chisov (Иван Михайлович Чисов) estaba envuelto en una terrible batalla aérea a bordo de un bombardero Ilyushin IL-4 como navegante cuando se dio la orden de abandonar el aparato. Ivan podía ver claramente los cazas alemanes que les habían atacado y temiendo que los cazas le atacaran mientras caía lentamente no desplegó su paracaídas. En caída libre, esperando perder de vista al enemigo, Ivan perdió el conocimiento por la altitud. Su cuerpo se estrelló a más de 200 kilómetros por hora contra el borde nevado de un barranco, se deslizó por él y cayó al fondo. El General de caballería Pavel Belov, que había presenciado la batalla y la caída de Ivan, envió a sus hombres a rescatarlo y descubrieron que Ivan seguía vivo. Se había roto la pelvis y sufría daños en la columna pero seguía vivo. Tres meses después Ivan se reincorporaba a la lucha contra los nazis pero desde la reserva como instructor de navegación.

6.700 metros

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor el norteamericano Alan Eugene Magee se unió a las Fuerzas Aéreas y se le asignó un puesto como artillero de torreta bola en la panza de un B-17 apodado «Snap! Crackle! Pop!». El 3 de Enero de 1943 su B-17F-27BO 41-24620 fue atacado sobre Francia y el bombardero empezó a caer sin control con su ala derecha destrozada. El ataque había herido a Magee e inutilizado su paracaídas pero decidió saltar del avión antes que estrellarse con él. La altitud le dejó inconsciente y tras varios minutos de caída libre su cuerpo atravesó el techo de cristal de la estación de tren de St Nazaire y se estampó contra el suelo. El techo de cristal había amortiguado su caída y Magee sobrevivió al salto. Su cuerpo, sin embargo, quedó malherido: 28 heridas por metralla, varios huesos rotos, riñón y pulmones dañados y heridas en nariz y ojos y su brazo derecho destrozado. El B-17 se estrelló en el bosque de  La Baule Escoublac matando a siete miembros de la tripulación. Magee fue capturado por el enemigo y liberado en Mayo de 1945.

Cincuenta años después del fin de la guerra la ciudad de St Nazaire inauguró un monumento en honor a las siete víctimas que cayeron con el B-17 «Snap! Crackle! Pop!» y al afortunado Alan E. Magee.

5.500 metros

El Sargento Nicholas Stephen Alkemande era artillero de cola en el Avro Lancaster B Mk. II DS664 del escuadrón nº 115 de la RAF. La noche del 24 de Marzo de 1944 el bombardero regresaba de una misión sobre Alemania cuando fue atacado probablemente por el Oblt. Heinz Rökker (2./NJG2) a bordo de un Junkers Ju88. El aparato se incendió destruyendo el paracaídas de Alkemande y el joven artillero decidió saltar del aparato antes que quedarse y morir abrasado. Cayó desde una altura de 5.500 metros y aterrizó sobre unos pinos. Los árboles y la nieve le salvaron la vida y sólo se hizo un esguince en una pierna. El Lancaster se estrelló cinco kilómetros al Este de Schmallenberg causando la muerte de cuatro de los siete miembros de la tripulación.

Alkemande fue capturado por la Gestapo quienes no se creyeron su milagrosa historia hasta que encontraron los restos del aparato. Fue internado en un campo de prisioneros hasta el fin de la guerra y en Mayo de 1945 regresó a casa.

Fotografía: Victor Baldovi

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