José Alcubierre, el joven de Angulema.

Los “pochacas”

Lo primero que hizo José tras regresar fue preguntar por la suerte de su padre en Gusen. Se dirigió al primero que encontró, el “galo” Ramos y le preguntó si había visto a su padre.

-Ah sí, tu padre está bien, tu padre está bien.

Pero José quería más información y también le preguntó a un compañero llamado Jacinto Cortés, del Prat de Llobregat de Barcelona.

-Oye Jacinto, ¿has visto a mi padre?
-José… Tu padre ha muerto.

“Aquello fue una puñalada. Yo corrí al stube, al bloque y dije ‘mi padre ha muerto en Gusen. Yo quiero llamar, me acuesto un poco en la cama ‘ ‘Sí, sí, márchate a acostarte’ Los otros estaban allí fuera paseando y tal. Era un sábado. Y yo llorando a mi padre.”

José junto con otros prisioneros continuó en las cocinas pelando patatas. “Veíamos a otros jóvenes que venían de los comandos, venían con los otros a pelar patatas (…) Navazo, otros, muchos se enchufaron allí. No había más y se enchufaron allí.”

En el verano de 1943 el comandante del campo pactó con el empresario alemán Anton Poschacher enviar jóvenes del campo a la pequeña cantera que tenía cerca de Mauthausen. Sus operarios habían sido enviados a combatir al frente y necesitaba mano de obra. “Y entonces nos llamó el comandante delante de la kommandatur dice ‘vosotros’, éramos 40 jóvenes. Todos, 40 jóvenes justos. Y dice ‘vosotros vais a ir a trabajar a Mauthausen. A la cantera de Mauthausen. Pero no a la cantera de Mauthausen del campo sino al pueblo. ‘  Joer… como no podíamos decir nada… ‘Y vais a ganar dinero. Os vamos a pagar’ Je, nos van a pagar…

Los jóvenes, conocidos como “pochacas” por el apellido del empresario alemán, regresaban cada noche a dormir al campo y a partir de otoño de 1944 accedieron a un régimen de semilibertad, es decir, trabajaban vestidos de civil en granjas cercanas a Mauthausen y tiendas pequeñas. José y su cuadrilla trabajaban en la cantera del pueblo junto a la que pasaba una carretera y tenían que atravesarla para llevar piedras al Danubio o a un montacargas. Desde allí “veíamos pasar todos los convoys que llegaban al campo. Los veíamos todos. Les preguntábamos ‘¿de dónde vienes?’ ‘De tal sitio, de tal sitio’ Por eso que sabemos muchas cosas. Como los españoles de Mauthausen sabemos mucho, mucho más que ningún otro… ¡Sí! Los españoles de Mauthausen sabíamos todo. Lo que se pasaba en Mauthausen y fuera del campo.”  También fueron testigos de las deportaciones de judíos “eso ya en el 44, ¿eh? Entonces vimos a los judíos y demás que subían, ya medio muertos todos, los franceses, los polacos, los checos, todas las nacionalidades, lo veíamos siempre todo. Todos estábamos. Teníamos que frenar la vagoneta para dejar pasar. O dejarnos pasar”

Durante la evacuación de Auschwitz los “pochacas” eran testigos de las marchas de la muerte que llegaban al campo. “Cuando vinieron de Auschwitz vinieron en vagones descubiertos, la mayoría muertos ya, otros andando.” Para José aquello “era terrible. Ver aquellos chicos, mujeres, niños y demás, terrible, de verlos ya. Una judía que lo vio se sonrió. Muchas. Sí, ya se sabía. Bueno… Terrible, terrible…”

José intentaba seguir adelante aún con el recuerdo de su padre en el corazón. Un día vino un preso madrileño llamado Manolo y le dijo:

-Oye José. ¿Tú sabes que tu padre ha muerto en Gusen?
-Sí, claro que lo sé.
-Pero tú no sabes cómo.
-No.
-En Gusen eran tres mañicos. Les llamaban los tres mañicos. Siempre iban juntos los tres. A comer, a dormir, siempre iban los tres juntos. Y un día llegó que uno de ellos cayó.

“Y él no me dijo quién. No me dijo que era mi padre tampoco.”

José va a romper a llorar pero se recupera y continúa con su historia.

“Enseguida el cabo llegó, un cabo, eran poloneses, entonces los amos de Gusen eran poloneses. Llegó con un mango de pico y ¡pum!, le empezó a pegar. ‘Levántate, que eres un vago, que no quieres trabajar’. Pero el hombre no podía. Eran de edad los tres, mi padre, él también era de edad.” Los otros dos mañicos intentaron proteger al prisionero caído para que no le pegaran y el kapo polaco sacó un silbato y empezó a pitar. “Entonces vinieron otros cabos y empezó a pegarle a los tres. Cayeron los tres por el suelo, al lado de la vagoneta cargada de piedras que iban a llevarla y entonces, a puntapiés le pegaron a los tres. A puntapiés, así murieron los tres mañicos… Dos que eran de Teruel…”

José empieza a llorar y entre sollozos gime:

“…y un baturro que era mi padre.”

En primer término, de izquierda a derecha, Ramón Milà, Francesc Boix y Luisín García. Detrás, de izquierda a derecha, Jesús Grau y José Alcubierre. Se encuentran delante de la casa de Anna Pointner. Mayo 1945.
En primer término, de izquierda a derecha, Ramón Milà, Francesc Boix y Luisín García. Detrás, de izquierda a derecha, Jesús Grau y José Alcubierre. Se encuentran delante de la casa de Anna Pointner. Mayo 1945.

La muerte de su héroe hizo que José se volcara en impedir que los crímenes de los nazis quedaran impunes y que la verdad sobre lo que ocurría en Mauthausen viera la luz. “José estuvo en, quizás, la acción más conocida, fue protagonista de la acción más conocida y una de las más determinantes” explicó Carlos Hernández, autor de ‘Los últimos españoles de Mauthausen’ “que fue el salvamento de las fotografías que constituyeron  una de las pruebas fundamentales para acusar a los nazis y que fueron exhibidas de hecho en los juicios de Nuremberg. José fue una de las personas que sacó aquellas fotografías del campo de concentración de Mauthausen jugándose la vida para hacerlo.” Aprovechando que los “pochacas” salían y regresaban cada día del campo José, junto con Jesús Grau y Jacinto Cortés, sacaron varias fotografías realizadas por los nazis que Francesc Boix y Antonio García, encargados del laboratorio fotográfico, habían ocultado en el campo. José se hizo amigo de la austríaca Anna Pointner, que vivía cerca del pueblo, y escondió las fotografías en su casa.

“¿Y qué aprendió como persona o sobre sus compañeros tras su paso por el campo?” le preguntó Victor Badoví, redactor de ww2freak.com. “Humanitarias, humanitarias nada más. Cosas humanitarias. A mí me dan mucha pena las cosas pero aprender, qué voy a aprender… Bah… Que es raro…”

Convivir con la muerte podía llevar a un hombre a volverse loco.“Ramiro Santiesteban por ejemplo me contaba un día que al principio cada vez que moría un español, que moría un prisionero era tremendo.” Al primer muerto español le hicieron un minuto de silencio rebelándose ante los SS. “Luego morían tantos que ya lo único que hacíamos era, cuando veíamos un muerto en el suelo mirar de qué color llevaba el triángulo. Si no era azul decíamos ‘menos mal que no es de los nuestros’. Y si llevaba el triángulo azul decíamos ‘joer, otro de los nuestros que ha caído’. Y nada más. Nada más. Porque claro, si estabas todo el día pensando, llorando por los muertos es que morías tú.” El secreto de la supervivencia residía en no pensar.  “No pensar en la familia, no pensar en la vida diaria allí, simplemente pensar en que había que llegar hasta la noche. O sea, y que, como aquellos prisioneros que caían en la melancolía y empezaban a pensar en las familias y ‘uy mi madre qué estará haciendo’ o ‘mi hermana pobrecita’y  no sé que, todos acaban muertos.”

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