José Alcubierre, el joven de Angulema.

Jose_Alcubierre
José Alcubierre, sentado junto al escritor Carlos Hernández, repasaban su paso por el campo con un ejemplar de “Los últimos españoles de Mauthausen” en la mano. “Aquí estoy… ¡Apunta mi número! El 4100”. Un ruido le hizo alzar la mirada y sus experimentados ojos se encontraron con un rostro que no veía desde hacía 70 años, desde la liberación del campo de concentración de Mauthausen en Mayo de 1945.

Mientras los periodistas tomaban asiento, José y Siegfried empezaron a hablar sobre su paso por el campo. El autor se acercó a ellos para acompañarlos hasta la mesa y José, aún combativo a sus 89 años, le recriminó a Siegfried algo que le había dicho: “Él dice que quiere olvidar. ¡Pero yo no! ¿Qué hago? ¿Le pego?”

Los supervivientes José Alcubierre y Siegfried Meir se reunieron con Carlos Hernández el pasado 27 de Enero para la presentación de “Los últimos españoles de Mauthausen”, libro en el que se repasa y homenajea a los 9.328 españoles que pasaron por los campos de concentración nazis. “Hombres, mujeres y niños cuya historia fue enterrada primero por Franco y después olvidada por nuestra democracia” según el autor. El libro también señala a los responsables de su presidio y aporta pruebas documentales irrefutables que reflejan su culpabilidad.

Para Carlos conocerles “ha sido un privilegio enorme, un regalo de la vida, de verdad, el conocerles, ya solo por eso, bueno, pues está justificado todo éste tiempo y toda la dedicación y todo… ¡Todo está justificado con haberles conocido! Y estoy seguro que también para vosotros va a ser un privilegio poder escucharles”.

José cogió aire y empezó a narrar su paso por el campo. Mientras hablaba una extraña bruma de recuerdos empezó a disolver las paredes de la sala de reuniones del Hotel NH Alcalá, a convertir las cómodas butacas en piedras, el suelo de baldosas en tierra. Las paredes cayeron y nuestra vista contempló un enorme camino de tierra flanqueado por barracas de madera que acababa en una muralla con dos altas torres a cada lado. Tras nosotros, donde acababa el camino, adivinábamos un barranco del que salían extrañas órdenes gritadas en alemán, gemidos y el sonido de picos y las palas golpeando la piedra. Nos encontrábamos en el corazón de Mauthausen y junto con José nos dispusimos a recorrer todos los rincones de aquel mundo olvidado por los dioses y gobernado por demonios. Los olores nos ofenderían, las visiones nos aterrorizarían, los sonidos nos helarían  la sangre pero debíamos ser testigos para no olvidar, para obligar a recordar un período de la Historia que no podía volver a repetirse.

El convoy de los 927

José Alcubierre y su padre Miguel habían huido a Francia. No eran combatientes pero sí republicanos de corazón y el imparable avance franquista los había obligado a exiliarse a Francia. Ambos estaban en el campo de refugiados de Les Alliers, cerca de Angulema cuando el 20 de Agosto de 1940 les metieron en un convoy de tren con destino a los campos de concentración nazis en el corazón del Reich alemán. “Cuando salimos de Angulema no sabíamos dónde íbamos. No sabíamos nadie, nadie. Hay quien decía luego más tarde ‘Ay, yo lo sabía’. ¡Mentira! Nadie sabía dónde íbamos.” El viaje en tren, en vagones sobrecargados cuya capacidad oficial era de “40 hombres y ocho caballos”, duró “cuatro días y cuatro noches.” La cuarta noche llegaron a una estación y José le preguntó a su padre:

-Papá, ¿dónde estamos?
-Pues no lo sé hijo. Se ha parado el tren y aquí estamos.

El tren, con las puertas de los vagones cerradas, estuvo detenido en la estación hasta el mediodía. Cuando los centinelas alemanes abrieron  las puertas de los vagones “dijeron señalando pues ‘tú, tú, tú, abajo… Tú, tú, tú abajo’” Los soldados hicieron bajar a los hombres mayores de quince años y uno de ellos se fijó en José. Tenía catorce años. “Me dice ‘Tú’. Me habla en alemán, yo no entendía alemán ni una gota entonces.” José levantó las manos y le hizo con gestos el número quince. El soldado le gritó ‘Abajo’ y lo hicieron bajar junto con su padre. “Al llegar al campo subimos las escaleras del garaje hacia el campo y vimos un portal muy grande, con unas letras, arbeit macht frei, quiere decir, ‘El trabajo rinde la libertad’. No sabíamos nada. Entramos, nos desnudaron, nos dieron los trajes que conocéis, cebraos, que últimamente ya no los llevábamos y entramos al campo.” Al principio las autoridades nazis no sabían qué hacer con ellos. “Y entonces unos días más tarde dijeron que telegrafiaron no sé qué consultación con Franco y Suñer y dijeron ‘haced lo que queráis con ellos’. Y fuimos los únicos españoles de todos los campos que llevábamos un triángulo azul. Triángulo azul.” El triángulo azul significaba “apatride. Sin patria ninguna.”

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