21_ElDiscurso

El discurso

Sus manos enguantadas se cerraron en torno a sí mismas haciendo crujir el cuero de sus guantes. Sus pupilas, abiertas como las cortinas de un cine, estaban a punto de mostrarle al cerebro la película de sus deseos convertidos en realidad. Sus labios, húmedos y calientes, se abrieron un poco dejando escapar apenas un suspiro de nerviosa impaciencia. El pin del partido nazi y la cruz de hierro que llevaba colgando del pecho subían y bajaban a toda velocidad. Sentía su corazón golpear el interior de su ser y hasta le parecía escucharlo en su cabeza, martilleando sus oídos como unos desbocados tambores de guerra. Adrenalina mezclada con la droga que aún corría libre por su sistema circulatorio provocó una extraña quemazón en la parte baja de sus pantalones de montar.

De forma inconsciente se ajustó la altura del cinturón, se alisó la chaqueta y cruzó sus manos frente a su cuerpo. La suavidad del cuero avivó aún más su fuego pero no le importó, había llegado el momento de sentirse de nuevo un hombre entero, de salir a la palestra y dirigirse no solo a sus seguidores sino a sus eternos enemigos y al mundo. Oyó que miles de personas empezaban a gritar su nombre y su corazón se aceleró aún más.

Con paso decidido subió a la tribuna haciendo resonar sus botas sobre el suelo de madera. Ante él  más de doscientos mil rostros le contemplaban con el brazo extendido pero Hitler ya no estaba nervioso, ya no se sentía un cachorro sino el líder de su manada de lobos. Empezó a repasar mentalmente el principio de su discurso y los gestos que debía ofrecer a su audiencia cuando una pregunta se coló en su mente; una cuestión que no esperaba, que había pensado como si se la hubiera susurrado un ser invisible al oído: “¿Me estará escuchando?”.

No lo sabía pero deseaba que sí, que sus palabras transportadas por la radio llegaran hasta ella y hasta su corazón.

El Führer se quedó inmóvil y poco a poco el griterío del público fue apagándose hasta que la sala se quedó en completo silencio. Luego Hitler empezó a hablar.

Ella, tumbada en la cama, oyó cómo Hitler empezaba a ladrar. No podía apagar la radio pues el discurso se filtraba al interior a través de unos altavoces colocados junto a la puerta de entrada. Estaba harta de todo y de todos pero sobretodo de él, del maníaco que tantas veces había vejado su cuerpo y destrozado su alma.

Hitler desgranaba uno por uno los puntos de su partido con la maestría de un cirujano.

Ella desgranaba una por una las razones por las que seguir viviendo y no le convencía ninguna.

Hitler estaba acabando de hablar. Era el mejor discurso que había pronunciado en su vida.

Ella estaba acabando de anudar una sábana a su cuello. Era lo último que haría en su vida, luego saltaría por la ventana hacia la eternidad. En su mesita de noche tenía guardada una pistola Walther pero se consideraba demasiado bella como para volarse la tapa de los sesos.

Hitler puso punto final a su discurso. La masa de seguidores le empezó a aplaudir y gritar su nombre pero el Führer sólo podía pensar en ella y en lo que le haría cuando regresara al hotel.

Ella sonrió. El perro por fin se había callado. Abrió la ventana del hotel donde se alojaba junto con el séquito de Hitler, se sentó en el alféizar y se arrojó al vacío.

“Hasta dentro de muy poco” pensó Hitler.

“Hasta nunca” pensó ella mientras caía. Sus ojos captaron los cientos de focos que desde el estadio rasgaban el cielo nocturno y hasta le pareció oír el griterío que estaría coreando el nombre de Hitler.

Un tirón de la sábana le rompió el cuello. Su cuerpo quedó a merced de los elementos colgando varios por encima del gran águila nazi que había en la fachada. Las SS la ocultarían pero lo tendrían más difícil que de costumbre. Goebbels explicaría qué hacía allí y quién era ella pero tendría que inventarse una mentira más creíble que las que normalmente contaba. El público la miraría por primera y última vez hasta que el aparato del Partido la hiciera desaparecer de los registros de la Historia pero ella, por fin sería libre.

Relato escrito por Victor Baldoví.
Todos los derechos reservados.

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