El cronoturista. Berlín, 1943 (y III)

Un olor a quemado impregnaba el aire cuando salimos del «hotel». A mi alrededor ya no veía alemanes sino supervivientes. No me sentía uno de ellos sino un cobarde que había sobrevivido milagrosamente tras haber engañado al tiempo. Hormigas humanas de todas las edades trabajaban codo con codo para sacar de las humeantes ruinas a los posibles supervivientes. Camiones de bomberos y ambulancias pasaban raudos haciendo sonar sus sirenas y decenas de perros deambulaban por la ciudad, condenados a vagar por un mundo que se estaba convirtiendo en cenizas. Apenas me atrevía a mirar las caras de los ciudadanos con los que me topaba. Sabía que la guerra tendría un coste elevado para todos ellos, sobre todo para ellas. Miles de mujeres serían violadas por las tropas aliadas cuando en dos años entraran en la ciudad.

James me llevó a una especie de tablón de anuncios de personas desaparecidas que no había visto el día anterior. Muchas de ellas eran niños. Tomé varias fotografías para inmortalizar sus nombres y sentí que me tocaban el hombro. Pensaba que sería un policía uniformado llamándome la atención por fotografiar aquello y me giré para pedir disculpas. Una mujer con la cara tiznada de negro sujetaba la fotografía de una niña. Me preguntó algo en alemán pero no la entendí. Supuse que la estaba buscando. Me impresionaron los grandes ojos tan llenos de vida de la niña y me estremecí al pensar que ahora podían estar llenos de muerte. Apreté los dientes para no romper a llorar y negué con la cabeza. Al instante recordé la visión de la niña paseando con el oso de peluche que había visto desde mi  refugio. ¿Y si era ella? ¿Y si la podía haber salvado y no hice nada? La mujer sonrió con tristeza, colocó la fotografía en el tablón y enganchó un papel con su dirección al lado. Luego acarició la fotografía de la niña y se alejó con la cabeza gacha.

–Vamos, tenemos algo que hacer antes de marcharnos –me dijo James con tristeza.

Mi guía me llevó a través de un callejón a un patio interior oculto de la vista de los transeúntes donde estaban reunidas decenas de personas. A pesar del bombardeo parecían estar celebrando una fiesta.

–No te muevas de aquí. Oír, ver y callar. No tardaré –me dijo antes de internarse en el patio. Se acercó a una joven que hablaba con varias personas, abrió el paquete que había traído al «hotel» y sacó una extraña rosa que brillaba bajo la luz del Sol con tonalidades rojas y doradas que le entregó a la joven. Los pétalos parecían de vidrio con rebordes esmaltados y el tallo y las hojas parecían de oro. La chica se quedó inmóvil unos segundos contemplando la rosa y se lanzó a su brazos. Pensaba que eran amantes hasta que la joven le presentó a otro chico. Los tres se quedaron hablando y media hora después James regresó conmigo. Su rostro ya no reflejaba determinación y seguridad sino tristeza. Ninguno de los dos dijo nada durante varias calles hasta que decidí preguntarle:

–¿Amigos? No parecen muy afectados por el bombardeo.

–Algunos son judíos. Otros eran las personas que los ocultan.

–¿Me tomas el pelo? ¿Y qué hacen aquí, una fiesta para celebrar los bombardeos?

–No seas estúpido. Hoy es la boda de la pareja con la que he hablado.

Mi guía encendió un cigarrillo y siguió hablando:

–Conocí a Lilith en 1936 cuando acompañaba a un grupo a ver las Olimpiadas del 36. Vendía flores en la calle y pequeños ramilletes que hacía ella misma. Me la volví a encontrar años después. Le encantaban las novelas románticas y cada vez que viajaba le traía unas cuantas. Dios, las devoraba. Lilith siempre había querido casarse, formar una familia y salir de Berlín para ver mundo pero ella no creía ser esa clase de chicas que gustan a los chicos.

–¿Por qué?

–Porque era judía. Pero me adelanté al tiempo, vi su futuro y le dije que todo saldría bien y que el día de su boda le traería una flor que nunca hubiera visto y que nunca se marchitaría. Hoy es ese día y soy un hombre de palabra.

–Es una rosa preciosa.

–Única. Solo hay once en todo el mundo y una iba a ser destruida anoche. Es del famoso orfebre ruso Fabergé. El de los huevos. No sé si lo sabes pero Fabergé también hacía flores.

–Maldito hipócrita. ¿Y qué hay de eso de oír, ver y callar?

–Se lo merece. Hoy es el día más feliz de su vida… y el último. Esta noche habrá otro bombardeo y todos ellos se convertirán en ceniza.

James le dio una larga calada a su cigarrillo. Vi que lo hacía para no romper a llorar. Exhaló el humo lentamente, tiró el cigarrillo y mientras lo aplastaba añadió:

–Oír, ver… y callar.

Tardamos en volver a hablar mientras me enseñaba edificios que desaparecerían en los próximos dos años y regresamos a nuestro tiempo. De nuevo en Guernsey, Aevum Corporation me ofreció la posibilidad de quedarme una noche extra y acepté.

Aún no estaba preparado para volver a mi vida diaria. No sólo no podía quitarme de la cabeza a todas las personas que había conocido sino que sentía que les debía algo. No había podido ayudarles en el pasado pero sí podía hacer algo por ellos en mi tiempo. Los muertos civiles de la Segunda Guerra Mundial, los de uno y otro bando, habían desaparecido en zanjas, barcos, fosas comunes, ruinas y hornos crematorios de todo el planeta y su silencio era ensordecedor. Alguien tenía que darles voz, que contar su historia y esa noche en Guernsey juré que ese alguien sería yo. 

Aún no sé cómo lo haré, si me convertiré en «extractor» (guía turístico) o si trataré de convencer a James para que me lleve a visitar lugares poco conocidos de la Segunda Guerra Mundial. No dejaré de ser un mero cronoturista armado con una cámara fotográfica pero lo haré no por el placer de viajar sino para arrojar luz sobre una época que se está convirtiendo en mito, para dar voz a todos aquellos a los que la guerra hizo enmudecer y no tuvieron la fuerza para gritar.

Será peligroso pero qué coño, también será divertido.

FIN

PD. He colgado en un servidor de Omninet llamado Flickr unas cuantas fotografías de mi viaje al Berlín de 1943.

Relato escrito por Victor Baldoví.
Todos los derechos reservados.

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