El cronoturista. Berlín, 1943 (II)

Mi guía me dejó un capazo con comida para que cenara algo y se marchó de la casa. Una parte de mí agradeció volver a tener un poco de intimidad para digerir todo cuanto había visto y vivido durante mi primer día en 1943. Lo primero que hice fue registrar a fondo la casa en busca de «tesoros». Sin embargo sólo descubrí lo que uno esperaría encontrar en una casa humilde abandonada: piezas de cubertería, platos, ropa vieja, ollas, vasos, etc. Era de esperar, una agencia turística de viajes en el tiempo no se arriesgaría a dejar al alcance de cualquiera objetos valiosos. El único objeto de la casa que hubiera deseado traerme era una radio alemana que descansaba en una estantería sobre la cama pero como no podría traer a mi tiempo nada que no hubiera viajado conmigo las posibilidades de hacerme con «souvenirs» de la Segunda Guerra Mundial eran nulas. 

Cené un «auténtico manjar de dioses», según mi guía: pan duro, salchichas frías y cerveza caliente. En la casa había una estufa y utensilios de cocina pero el agua no funcionaba así que no pude limpiarlos para calentarme las salchichas. Tras cenar hice unas cuantas fotografías de la casa y revisé las que había hecho durante el día. Aevum Corporation presta gratuitamente a todos sus clientes unos dispositivos de grabación camuflados para tomar fotos y vídeos pero no había hecho muchas. Durante el día estaba más interesado en vivir el momento que en buscar la fotografía perfecta. Cuando los ojos se me cerraban e iba a meterme en la cama para descansar el Infierno se desató a mi alrededor.

Las alarmas de Berlín empezaron a chillar y poco después el zumbido de los bombarderos aliados mezclado con los estallidos del fuego antiaéreo fue el preludio de un explosivo concierto de percusión cuyas ondas expansivas hacían temblar los cristales y el suelo de mi «hotel». Cada vez que se oía el silbido de una bomba rezaba para que no me alcanzara y cuando sentía que explotaba en otra parte me invadía una mezcla de alivio y tristeza. Sirenas de toda clase ululaban en la oscura noche como demonios desamparados cantándole a la Muerte. Me asomé a una de las ventanas y vi personas corriendo, quién sabe si para buscar refugio o dispuestas a ayudar a los demás. Una niña pasó caminando abrazada a su oso de peluche como si no supiera lo que estaba pasando y se me partió el alma. ¿Dónde estaban sus padres? ¿Y su hogar? Estuve tentado de salir para protegerla pero el miedo me paralizaba. Aquella casa medio derruida y fría era para mí el mejor de los búnkeres.

Horas después (¿o fueron días?) cesó el bombardeo pero no el desasosiego. Al temor de los pájaros de la muerte se sumó el miedo a que mi «hotel» fuera asaltado por berlineses en busca de refugio. Cuando el Sol rompió las tinieblas de la noche y lo que quedaba de Berlín vio amanecer regresó James. Yo no había podido dormir en toda la noche y casi le rompo la crisma con una madera creyendo que se trataba de un ladrón. Su ropa estaba chamuscada y hecha jirones y llevaba un paquete que pensaba que era el desayuno pero que resultó ser algo que él había salvado de ser destruido en un incendio. No me dijo que era y me prohibió abrirlo. Después de conectar el agua (maldito James), asearse y cambiarse de ropa le eché en cara el haberme llevado hasta aquel Infierno. Me respondió lo que transcribo a continuación, capturado gracias a los dispositivos de grabación:

«Te gusta la Historia de la Segunda Guerra Mundial pero no sabes lo que es. Para entenderla debes comprender que esta afectó a todos por igual. Se ha estudiado y hablado mucho de los héroes de la guerra, de las hazañas bélicas, de los campos de batalla pero se habla poco de las ciudades bombardeadas de uno y otro bando, de los que luchaban por sobrevivir. La guerra no fue una película con un final feliz, la guerra fue terrible para todos, incluso para los que posaban orgullosos ante las cámaras. Tú podrás irte hoy pero ellos vivirán y recordarán los años de la guerra toda su vida. Espero que lo recuerdes cuando regreses a casa y vuelvas a leer tus libros y ver tus documentales. Y ahora descansa un poco, aún tenemos varias horas hasta que podamos salir y veas cómo ha quedado Berlín.»

Regresé a la cama para al fin descansar, ignorando que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Sigue en capítulo III (final).

Relato escrito por Victor Baldoví.
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