Siegfried Meir, el rebelde de Mauthausen

El legado de un superviviente

El protegido de Navazo no tenía pesadillas pero no salió del campo intacto. Su mayor fobia tras la liberación fue algo que antes de la guerra llevaba en el corazón: el idioma alemán. “Él por ejemplo dice que no es odio, es una cosa como el que tiene fobia a las ratas o a las cucarachas”. Su fobia a oír hablar en alemán era tan profunda que si en un restaurante, en la mesa de al lado estaban hablando en alemán él se tenía que cambiar de mesa porque le entraban temblores. “Él no habla alemán ya. Dice que lo ha olvidado, lo ha querido olvidar además y dice ‘yo lo pensé, me vendría muy bien ahora con estos negocios de restauración volver a aprenderlo porque tengo muchísimos clientes alemanes’ Pues no puede, es una cosa, en este caso fisiológica.”

Siegfried Meir tardó décadas en contar su paso por el campo. “Durante muchos años no hablé de mi deportación. Yo tengo dos hijas y nunca les he hablado de esto. Cuando me preguntaba sobre el número decía ‘bueno, es mi número de seguridad social’ para no hablar de ello. He empezado a hablar de ello hace unos diez años porque era muy amigo de un cantante que se llama Moustaki, y él me dijo un día sobre el número ‘nunca me has contado ésta parte’ Y cuando se lo conté fue una noche en su estudio de música y él lo grabó y eso ha dado un pequeño libro donde él contaba su, como hemos nacido el mismo año, a un día de diferencia, pues hemos contado él su vida cuando vivía en Alejandría y yo la mía, la que he vivido.” Siegfried se refería a “Fils du brouillard” (Éd. De Fallois, 2000), editado en España como  “Hijo de la niebla” (Plaza & Janés, 2001). Sin embargo recordar no es agradable para él. “Cuando él [José Alcubierre] me dice ‘tú tienes, tienes que recordar porque no se puede olvidar una cosa así efectivamente no la olvido. Pero no es mi título de gloria. Para mí, siempre he dicho, para mí la deportación es como una violación. Una persona que ha sido violada no quiere contarlo al público, no quiere contar lo que pasó. Lo que quiere es pasar página y vivir” Para Meir, igual que para la mayoría de deportados y víctimas del Holocausto, “prefería que nunca haya existido pero como ha existido pues lo cuento. Pero no es un, no es un placer. Y tampoco no es  un, no quiero ponerme una medalla porque no la, no la merezco, no, no hay razón.”

“¿Y qué aprendió como persona o sobre sus compañeros tras su paso por el campo?” le preguntó Victor Baldoví, redactor de WW2Freak. “Yo he aprendido que no se puede confiar en el ser humano. Que un pueblo tan, tan cultural, tan específico como el pueblo alemán haya podido hacer lo que han hecho, para mí ya como adulto no puedo entender. Yo puedo entender todo lo que me explican los intelectuales, el porqué del nazismo y todo esto, ahora puedo entender lo que me están contando” Respecto a lo que ocurría en el campo Siegfried quiso matizar una de las leyendas que corren de boca en boca sobre los campos de concentración.  “Algunas veces oigo hablar de solidaridad, les puedo jurar que no hay en Auschwitz por lo menos, no había ni una pizca de, de ayuda. Todos íbamos a lo nuestro, es decir, vivir un día más, comer más, robar más, e incluso robando sabiendo que lo que ibas a robar podía perjudicar al que robabas, que podía morir. Porque no tenía el cacharro para la sopa. Todas éstas cosas es, es  mi universidad.” Los recuerdos de su cautiverio le llenaron el alma de pena y Meir se derrumbó entre lágrimas. Cuando logró recuperar el habla, exclamó: “¡Mira cómo está el mundo hoy! ¿Qué, qué se puede aprender?”

“Quien salva una vida, salva al mundo entero”

“Hay un psiquiatra que se llama Boris Cyrulnik que es muy conocido en Francia, que ha hecho estudios sobre la infancia maltratada. No solamente de deportación sino maltratada por los padres o por diferentes guerras en Vietnam o Camboya. Entonces él dice que lo que a mí me pasó, yo podía muy bien haber terminado en la cárcel como adulto porque solamente sabía robar y engañar. Y el que me salvó es Navazo. Navazo con su bondad…”

Pausa para llorar.

“Entonces cuando, cuando solamente tengo una referencia para juzgar el mundo en el cual vivo, no es suficiente. No he encontrado bastantes ejemplos de humanidades, no solamente hablando de la deportación sino en la vida de todos los días. El hecho de encontrar personas que son buenas, buenas de verdad, es decir, buenas sin interés. Yo tengo un carácter muy frío, muy salvaje, no tengo muchos amigos. Los amigos que tengo es la familia que yo me elegí, no creo en la bondad de la gente, siempre hay un interés detrás. Yo os he dijo que en Ibiza he montado muchos negocios. Pues yo tenía una corte a mi alrededor. Gente que, que me traían  regalos de todas partes. ‘Mira hemos pensado en ti y te regalamos esto’. Era siempre para obtener algo. Y cuando me arruiné, porque me arruiné, todas estas personas han desaparecido de mi vida. Cuando yo era cantante en Francia durante doce años he sido cantante, no he sido una estrella pero me he ido antes de poder serlo porque la moda había cambiado y ya no se interesaba por lo que yo cantaba. Por eso me fui a Ibiza. Pero en ese momento como cantante yo tenía una corte detrás de mí. Chicas, chicos, pandillas, fans, ¿no? como se dice. Pues cuando dejé la, la canción todos desaparecieron. Ya no interesaba a nadie. Por eso no soy amargo porque he encontrado gente que me hace creer en algunas bondades pero en la línea general soy muy pesimista. Es decir, cuando has preguntado ‘qué has aprendido en el campo’  pues me habría gustado decir ‘pues me ha gustado…’. Hay un hombre que, que hace poco murió, se llamaba Pierre Daix que es muy conocido porque ha hecho biografías de Picasso y él también estaba en Mauthausen. Y nos conocimos. Él se recordó de mí entonces yo le pregunté ‘todo el mundo dice que había en Mauthausen gente que se ayudaba’ Dice ‘qué va. Nosotros éramos comunistas y ayudábamos a los comunistas. Los socialistas no nos interesaban. ¿Entienden? Siempre había una razón de ayuda, no era gratuito, por eso tengo una, una admiración tan grande… por Navazo…”

El viaje de Siegfried es un viaje que todos podemos emprender para bien o para mal. Su sufrimiento puede ser el nuestro, nadie está exento de sufrir discriminación en cualquier aspecto de la vida o de ver cómo se discrimina a los demás. En cualquier momento podemos ser víctimas o espectadores pero no podemos, no debemos ser verdugos o cómplices de los verdugos. “Quien salva una vida, salva al mundo entero” está escrito en el Talmud y no son solo palabras. Siegfried es el mejor ejemplo de que cualquier gesto, por pequeño que sea, puede salvar el alma de alguien y el mundo de muchos. Puede ser tan grande como dar dinero, comida o cobijo a alguien o tan insignificante como una palabra amable o una simple sonrisa. “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada” dijo Edmund Burke en el siglo XVIII y tenía razón. Es hora de hacer algo. De implicarse, de ser lo suficientemente valientes como para que, sin dejarse tomar el pelo, seamos más y mejores como personas, como especie. Nuestro futuro y el futuro de muchos depende de nosotros y del ejemplo que estamos dando a los que heredarán la Tierra después que nosotros.

Fotografías: Victor Baldoví / Archivo Siegfried Meir / Ediciones B

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