Siegfried Meir, el rebelde de Mauthausen

Siegfried Meir

El octogenario Meir subió los escalones que conducían a la sala de reuniones del hotel NH Alcalá de Madrid donde se iba a desarrollar la presentación del libro “Los últimos españoles de Mauthausen” de Carlos Hernández y entró con paso decidido. Sus manos saludaron a varios periodistas que había presentes y sus tristes ojos se clavaron en un anciano sentado junto a Carlos. Era otro superviviente como él, un luchador que había logrado salir con vida de uno de tantos campos donde la muerte se paseaba por los barracones como un interno más; como un amigo, como un hermano, como un hijo. Un campo donde la palabra “vida” equivalía a trabajos forzados, a palos, a miedo, a un currusco de pan y agua sucia para comer. Un campo en el que ambos estuvieron olvidados durante la guerra y tras la que algunos olvidaron que alguna vez estuvieron allí. Meir se acercó a aquel camarada de presidio, José Alcubierre,  y le saludó afectuosamente. Era la primera vez que se veían en 70 años, desde la liberación del campo en Mayo de 1945.

Mientras los periodistas tomaban asiento, José y Siegfried empezaron a hablar sobre su paso por el campo. El autor se acercó a ellos para acompañarlos hasta la mesa y José, aún combativo a sus 89 años, le recriminó a Siegfried algo que le había dicho: “Él dice que quiere olvidar. ¡Pero yo no! ¿Qué hago? ¿Le pego?”

Los supervivientes José Alcubierre y Siegfried Meir, junto con el escritor Carlos Hernández, presentaban “Los últimos españoles de Mauthausen”, libro en el que se repasa y homenajea a los 9.328 españoles que pasaron por los campos de concentración nazis. “Hombres, mujeres y niños cuya historia fue enterrada primero por Franco y después olvidada por nuestra democracia” según el autor. Su nuevo libro también señala a los responsables franquistas de su presidio y aporta pruebas documentales irrefutables que reflejan su culpabilidad.

La historia de José y Siegfried son “dos historias diferentes, muy diferentes pero a la vez también que tienen un montón de nexos comunes.” Según Carlos  ellos  “representan  perfectamente la deportación española e incluso un paso más allá, especialmente en el caso de Siegfried, nos permite tener una, digamos, una visión más completa de todo lo que fue la deportación durante la Segunda Guerra Mundial en el caso de la población judía.”

Para Carlos conocerles “ha sido un privilegio enorme, un regalo de la vida, de verdad, el conocerles, ya solo por eso, bueno, pues está justificado todo éste tiempo y toda la dedicación y todo… ¡Todo está justificado con haberles conocido! Y estoy seguro que también para vosotros va a ser un privilegio poder escucharles”.

Siegfried empezó a hablar. Su cuerpo estaba allí pero sus ojos no veía la sala de reuniones del hotel donde estábamos  ni a los periodistas que oíamos su historia con rostro desencajado sino alambre de espino, triángulos de colores, uniformes a rayas, porras, sangre… Muerte.

Un alemán rubio de ojos azules

Siegfried Meir, nacido en 1934 en Frankfurt durante el gobierno del Tercer Reich, era rubio, tenía los ojos azules y era judío. Las leyes raciales de Nuremberg regían su vida y la de su familia, de origen rumano. De pequeño “nunca había podido ir a un colegio, nunca había podido jugar con otros niños en un parque, porque ya estaban esas leyes discriminatorias cuando él empieza a crecer” explicó Carlos Hernández.

“Yo tenía un físico típico alemán. Ojos azules, pelo rubio, no tenía la caricatura judía. Entonces cuando veía las caricaturas como describían los judíos me sentía humillado. Digo ‘Pero, ¿por qué dicen cosas así? Hay judíos que trabajan, que son obreros, no son todos ricos.’ En la mente del antisemita es que todos los judíos son ricos. Es una estupidez. Porque hay de todo.” Su padre era muy religioso. “Siempre cuando de niño yo me preguntaba ‘¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no puedo hacer esto? ¿Por qué no puedo hacer lo otro?’ me dijeron ‘pues son cosas de la política, eres demasiado pequeño, pero no te preocupes, Dios nos protege. Somos protegidos de Dios, no te preocupes’ Entonces yo, claro, eso entró en mi cabeza porque yo respetaba a mi padre entonces, pero cuando llegó la deportación y la llegada a Auscwhitz yo preguntado como niño ‘¿Dónde está ese Dios que supuestamente nos protege?’ Y ahí empecé a odiar a mi padre, como niño. Es decir, cómo, cómo puede haberme engañado de tal manera… Me ha dicho cosas que no son verdad, que no existen”

En 1943, con nueve años, Siegfried y su familia acabaron en el campo de concentración de Auschwitz. Ninguno fue enviado a las cámaras de gas pero el pequeño fue seleccionado junto con su madre para residir en el campo de mujeres.

– Esconde al niño que no sabemos cómo ha podido llegar aquí –le dijeron a su madre- Escóndelo porque si lo ven lo van a matar.

La madre decidió ocultarlo en el fondo de las literas de madera. Cuando las mujeres se iban a trabajar Siegfried se quedaba allí tumbado, oculto, como un mueble más hasta que las mujeres regresaban. “Era muy fácil esconderse porque eran tres hiladas de camas muy largas, cabían cuatro personas como sardinas, yo me ponía en el fondo y durante todo el tiempo estaba escondido.” Durante más de dos meses su mundo se redujo al fondo de una litera hasta que su madre contrajo el tifus. La enfermedad de los campos hizo estragos en su cuerpo y finalmente la hizo libre para volar por encima de los barracones hacia la eternidad. “Ni lloré” confesó Siegfried. “Veía tantos muertos cada día que estaba familiarizado con eso.”

Siegfried estaba huérfano y las otras prisioneras tenían miedo de que las SS lo encontraran así que lo convencieron para que se entregara a los nazis durante un recuento. “Las mujeres SS, como él es rubito y de ojos azules y habla alemán, en vez de matarle les cae en gracia y no lo matan.” Según Meir se convirtió en su mascota y hasta le hicieron un traje de rayas a medida. Lo enviaron al campo de los hombres y allí también contrajo el tifus. Enfermo y débil fue enviado al barracón de los mellizos, a cargo del doctor Mengele. Allí lo agujerearon una y otra vez con inyecciones pero ni el temido “doctor muerte” ni sus asistentes lo mataron y tras recuperarse Siegfried volvió con los hombres.

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