Empire State Building

Bombardero golpea el Empire State Building

La ciudad estaba despierta pero la cubría una sábana de niebla que la adormecía. Por entre los árboles de cemento aún se podía oír el eco de las celebraciones por la victoria en Europa pero la guerra aún no había acabado. El número de bajas aumentaba día a día y la próxima invasión de Japón hacía temer que llegaran hasta sus costas oleadas de sangre como las que habían manado de Europa.

El rugido de un avión bimotor volando a baja altura sobre la ciudad hizo que muchos giraran su rostro hacia el cielo temiendo una lluvia de bombas del enemigo. Los nazis no habían logrado atravesar el Atlántico pero los japoneses tenían experiencia en sorprenderles allí donde más seguros se encontraban.

Un bombardero B-25 surgió de la niebla. Volaba demasiado bajo como para estar cruzando el espacio aéreo de Nueva York. Tras sobrepasar el Edificio Chrysler giró hacia la derecha y enfiló hacia el Sur siguiendo la Quinta Avenida. Con una belleza sobrenatural el aparato se meció en el aire, empezó a ascender y se estampó contra el piso 79 de la cara Norte del Empire State Building provocando una gran explosión que resonó por toda la ciudad. Eran las 9:40 del 28 de Julio de 1945.

Toneladas de metal y combustible ardiendo se convirtieron en una bomba de fragmentación y fuego que destrozaron el interior de la planta 79, ocupada por el Consejo Nacional Católico de Bienestar. Uno de los motores atravesó siete paredes del edificio, salió por la fachada Sur y cayó sobre el tejado de un ático causando un incendio. El otro motor y parte del tren de aterrizaje, envueltos en llamas, cayeron a través del hueco de uno de los ascensores a las plantas inferiores. Varias tuberías de gas por encima y por debajo del piso 79 reventaron por el fuego y los cables que sostenían a los ascensores quedaron muy debilitados y en algunos casos cercenados.

empirestatebuildingEn el piso 56 la joven Gloria Pall, una de las trabajadoras del cuartel general de la USO en Nueva York, se encontraba en los archivos cuando sintió que el edificio se tambaleaba como si estuviera a punto de derrumbarse. La fuerza de la sacudida la envió contra una de las paredes como si fuera un muñeco. Ni ella ni sus compañeras sabían qué había ocurrido pero se temieron lo peor: una bomba volante del enemigo.

La destrozada planta 79 y varios pisos por encima y por debajo empezaron a ser consumidos por el fuego y un denso humo empezó a envolver el edificio. El mayor rascacielos del mundo tenía una gran herida en la fachada por la que sangraba fuego y humo y a pesar de la niebla su agonía se adivinaba desde cualquier punto de la ciudad.

Los principales medios de comunicación corrieron hasta el Empire State para averiguar si lo había golpeado el enemigo o si había sido un accidente. La policía había instalado controles de seguridad en torno a los restos del avión en un radio de cinco manzanas mientras centenares de curiosos trataban de acercarse al rascacielos. La aguja para dirigibles proyectada para coronar el Empire State aún no había sido instalada pero muchos se preguntaban si el edificio podría derrumbarse a causa del impacto.

Un aprendiz de médico de la Guardia Costera que pasaba junto al rascacielos en el momento del accidente, Donald Malony, irrumpió en una farmacia en busca de suministros médicos para los heridos. Sabía que la rapidez en atenderlos podía salvarles la vida y estaba dispuesto a arriesgar la suya por intentarlo. En la farmacia convenció al dependiente para que le diera morfina, agujas hipodérmicas, vendas y otros elementos de primeros auxilios y corrió hacia el interior de la jungla vertical en llamas.

Therese Fortier Willig se encontraba en el piso 79 cuando el avión había impactado contra su planta. El destino quiso que estuviera en la parte más alejada del punto de entrada del avión y había sobrevivido a la explosión de los tanques de gasolina. Junto con seis compañeras se habían encerrado en una de las oficinas antes de que el fuego se hiciera con toda la planta. Estaban atrapadas. El humo convertía su refugio en una ratonera y dos compañeras se desmayaron por la falta de oxígeno. Willig, cubriéndose la cara con un pañuelo, creía que iba a morir. Se miró sus manos ensortijadas y pensó que los muertos no necesitan joyas. Alguien había abierto una ventana y Willig se quitó los anillos y los lanzó por la ventana. En la calle, a centenares de metros, alguien había reparado en su presencia y les hacía gestos para que se quedaran donde estaban. Pero ellas eran náufragas en una pequeña isla de fuego y humo y no sabían cuánto podrían resistir.

En el piso 80 la trabajadora Betty Lou Oliver estaba malherida. La metieron en uno de los ascensores para bajarla a la calle desde el piso 75, se oyó una detonación y la carlinga con Betty a bordo se precipitó al vacío. El ascensor se frenó en el séptimo piso pero continuó hasta el sótano, lleno de cables y restos del avión. La joven se rompió la pelvis, la espalda y el cuello pero sobrevivió a la caída. Uno de los primeros rostros que vio fue el de un joven aprendiz de médico de la Guardia Costera que le suministró morfina. Ella fue una de las supervivientes a las que el joven atendió aquella mañana.

Gloria Pall pudo salir del rascacielos por su propio pié. En la calle se encontró con una gran multitud que contemplaba la parte superior del Empire State Building. Muchos señalaban hacia allí con asombro. Pall se giró, levantó la cabeza y descubrió que la cola de un bombardero B-25 sobresalía de la parte superior del rascacielos.

Los bomberos controlaron el fuego en tan sólo cuarenta minutos. Nunca se había apagado un incendio a tanta altura y nunca más lo haría.

Therese Fortier Willig y sus compañeras fueron rescatadas de su isla de fuego por un grupo de bomberos. Tendría que buscar otros anillos con las que decorar sus dedos pues los vivos sí necesitan joyas.

26 heridos de diversa gravedad se encaminaron en ambulancia hacia los servicios médicos de la ciudad. Para los supervivientes empezaba una nueva vida pero para once civiles y los tres tripulantes del bombardero había llegado el ocaso de sus vidas.

¿Sabotaje o accidente?

El Teniente Coronel William Franklin Smith Jr. “Nig” había vuelto a Estados Unidos tras la derrota de los nazis. Acumulaba 1.000 horas de vuelo en combate liderando formaciones de B-17s para el 457th Bomb Group y había sido galardonado con una Cruz de Vuelo Distinguido, la Medalla Aérea y la Cruz de Guerra de Francia. Era un héroe alado. Sentado a los mandos de un B-25 dirigía su bombardero hacia la pista de despegue del aeródromo militar de New Bedford (Massachusetts) tras haberse despedido de su mujer con una sonrisa. La misión que le habían encomendado no era tan peligrosa como navegar entre fuego antiaéreo sino hacer de taxista: trasladar al Sargento Christopher S. Domitrovich y a un pasajero de último minuto, el mecánico de aviación Albert Perna hasta el aeropuerto de Newark (Nueva Jersey). Perna había logrado que le dieran permiso para acompañarles hasta Nueva York. Su hermano había fallecido en el Pacífico durante el ataque japonés kamikaze al destructor USS Luce y quería estar con sus padres.

b-25dSu B-25, conocido como “Old John Feather Merchant”, entró en la pista. Giró lentamente y tras las últimas comprobaciones Smith aceleró los motores. El bombardero empezó a trotar por la pista con la fuerza de mil setecientos pegasos. El rugido de la bestia era ensordecedor. Smith tiró de la palanca de mandos y el B-25 se elevó en el aire con sus pasajeros a bordo. “Nig” había despegado por última vez en su vida pero aún no lo sabía.

El vuelo hasta el área de Nueva York transcurrió sin incidentes. En ruta llamó por radio al aeropuerto de LaGuardia para preguntar por el tiempo en Newark. La torre de control le recomendó no hacerlo y aterrizar por una densa niebla que cubría la ciudad. La visibilidad era de apenas tres kilómetros. “Somos incapaces de ver la punta del Empire State Building” le comunicaron por radio. “Roger” respondió “Nig” y cortó la comunicación. Fueron sus últimas palabras.

Smith se internó en la zona comercial de Nueva York para volar hasta Newark “a ojo” gracias a su experiencia, una técnica conocida como Reglas de Vuelo Visual (VFR). Desorientado, Smith maniobraba entre rascacielos y volaba tan bajo que casi choca contra un edificio de 60 plantas en la calle 42 con la Quinta Avenida. Giró hacia la derecha y continuó volando creyendo estar en la parte Oeste de Nueva York. Smith no tardó en descubrir su error. La niebla se abrió y ante él apareció la imponente figura del mayor rascacielos del mundo. Tiró de la palanca de mandos y el bombardero empezó a ascender pero era demasiado tarde. El Titanic alado golpeó el iceberg de cemento y se incrustó contra la fachada creando un agujero de 5,5 metros por 6,1 metros y una bola de fuego que destrozó el interior de la planta 79 y 14 seres humanos.

El día después

Ni Nueva York ni las compañías establecidas en el Empire State Building estaban dispuestas a sucumbir al desánimo y el Lunes tras el accidente la actividad en el rascacielos recuperó su compás habitual. Las pérdidas económicas sumaban más de un millón de la época pero el valor de las vidas perdidas era incalculable. Podría haber sido peor, al ser sábado tan sólo 1.500 personas se encontraban en el edificio. En un día laborable hasta 15.000 almas poblaban sus pasillos, 60 de ellas en las oficinas del Consejo Nacional Católico de Bienestar.

El fin de la guerra menos de un mes después puso punto final al último capítulo bélico de Estados Unidos y convirtió la Unión en una fiesta. Mientras centenares de kilos de confetti eran arrojados desde ventanas y azoteas muchas familias recordaban que desde el Empire State Building habían llovido cristales y cenizas. Ocho meses después, ya entrado el nuevo año, el Gobierno decidió indemnizar a los familiares de las víctimas. No todas aceptaron el dinero que les ofrecía el tío Sam. Las familias más difíciles de apaciguar sentaron precedente denunciando al propio Gobierno, una decisión que dió luz a la Federal Tort Claims Act de 1946, el derecho de que un ciudadano norteamericano pudiera demandar al Gobierno Federal.

La caída libre en ascensor de Betty Lou Oliver y su milagroso salvamento fue registrado en el Libro Guinness de los Records por ser la caída en ascensor desde mayor altura. Sigue imbatido.

El Empire State Building ya no es el rascacielos más alto del mundo. En la cara Norte de su fachada sigue faltando un ladrillo.

In Memoriam: William Franklin Smith Jr., Christopher Domitrovich, Albert Perna, Paul Dearing, Patricia O’Conner, Mary Lou Taylor, Anne Garlach, Maureen Maguire, Margaret Mullins, Mary Kedzierska, Jeanne Sozzi, John Judge, Lucille Bath y Joseph Fountain.

Para saber más:

  • WEINGARTEN, Arthur; “The sky is falling”, Grosset & Dunlap, 1977.
  • “The day a bomber hit the Empire State Building” [en línea] [Consulta: 14 marzo 2016].
  • “B-25 bomber crashes into Empire State Building killing at least 14 people and injuring others in 1945” [en línea] [Consulta:14 marzo 2016].

Artículo escrito para el nº 10 de la revista “WW2GP Magazine” con el título “¡Extra! Bombardero golpea el Empire State Building”.

Fotografías: Victor Baldoví (Empire State Bulding) / Dominio Público (Blanco y Negro y Bombardero B-25)

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