Blutschnee

Blutschnee

Odio el invierno, odio la nieve. No soporto su color pálido, puro, ése tímido color blanco que hace que todo aquello que está superpuesto encima de ella resalte mucho más de lo que ha de resaltar, dando importancia a colores y matices insignificantes, estúpidos, como la tonalidad rojiza de la sangre. ¿Habéis visto alguna vez una gota, una sola gota de sangre sobre la nieve? Yo sí. Desgraciadamente sí. Muchas más veces de las que pude soportar.

Odio el invierno, odio la nieve. No soporto su color pálido, resaltando una insignificante gota de sangre, una mísera gota de sangre, haciendo que parezca toda ella más rojiza, más espesa, más… viva. Sí, viva sería la palabra justa. Una gota de sangre viva cayendo de un cuerpo inerte sobre la nieve, un inocente ser humano muerto. Ahora lo sé… Un inocente.

¿Por qué todo aquello? ¿Por qué? Jamás había matado a nadie. Mi trabajo consistía en vigilar desde la torreta principal, simplemente vigilar, avisar si se acercaba alguien al campamento. ¡Vigilar,maldita sea, no asesinar a nadie!

Era una fría mañana de invierno cuando sonaron tres timbrazos en la torreta. Llevaba poco tiempo en el campamento pero había aprendido que éso significaba reunión de urgencia en la plaza Norte. Llegué al instante como el resto de mis compañeros de armas. Después de que nos pasaran revista llegó un personaje que no conocía y a juzgar por la cara de los oficiales más veteranos ellos tampoco. El que el oficial de mayor graduación y comandante del campamento le saludase tan tieso como un roble significaba que era sin duda de un rango superior, muy superior. No parecía del ejército ni de las SS aunque su atuendo presentaba  rasgos comunes a ambos. Lo que más me impresionaron fueron sus ojos, fríos y duros, amenazadores incluso para los de su misma especie.

Se nos presentó de un modo señorial y distinguido, rozando el ridículo pero sin perder ése aire amenazador que me perturbaba. Nos informó que a partir de entonces él y sus ayudantes serían los encargados de hacer cumplir las órdenes que vinieran desde Berlín y que él sería nuestro más directo superior. Añadió que él convertiría el “centro de entrenamiento y recreo” que para él era el campamento para convertirlo en un “centro de limpieza”.

Dios Santo, déjame relatar lo que ése hijo de mala madre nos ordenó.

Dentro de dos semanas vendrían camiones repletos de criminales e indesebales judíos para que fueran “castigados” por sus delitos. Sabía muy bien lo que éso significaba. Todos sabíamos lo que se rumoreaba que pasaba en el Reich y lo que nuestro Führer opinaba de los judíos. Historias tan aterradoras que nadie creía que fueran ciertas hasta aquella fría mañana en aquel bosque…

Me revelaron de mi puesto de guardia, me dieron un arma mejor que la que tenía y embarcado en un camión militar fuimos una fría mañana al bosque que había cerca del campamento. Cuando descendimos del camión vimos que cientos de personas, arrodilladas en la nieve, formaban varias filas de 50 personas. Había hombres, mujeres y niños, todos ellos con la cabeza agachada. Unos lloraban, otros rezaban pero nadie miraba a los soldados alemanes armados que les vigilaban. Antes de que nadie dijera nada supe que tendríamos que matar a todas aquellas personas, una por una, para probar nuestra lealtad al “plan”.

¡Matar, Dios Santo, matar! ¡Asesinar! Estaba preparado para disparar contra el enemigo pero aquellas personas no sólo eran civiles sino que estaban desarmadas.

Alguien adivinó mi temor, mi repugnancia ante lo que tenía que hacer y me separaron del grupo, me acercaron a un gran agujero en el suelo y supe que había llegado mi final. ¿Dónde me dispararían, en la cabeza o en el pecho? Pero otro guerrero armado plantó un civil frente a mí y me obligaron a dispararle.

-No te preocupes, caerá solo hacia la pendiente.

Saqué mi nueva pistola, le quité el seguro y miré a aquel ser arrodillado ante mí, un enano cubierto con ropas andrajosas. El ser alzó la mirada y vi que se trataba de una niña.

¡Una niña! Apenas tendría diez años y me obligaban a ser el que segara su vida para siempre. No tenía valor para hacerlo, no quería hacerlo y no podía moverme.

Un estallido a mi izquierda me sobresaltó. Uno de mis compañeros había disparado contra uno de los civiles que había echado a correr. Dispararon contra los que tenían a ambos lados.

-Por favor -dijo la niña frente a mí.

Me giré hacia ella tratando de no romper a llorar. Las lágrimas surcaban su rostro y estaba aterrorizada.

-Por favor… Hazlo ya… No te guardaré rencor… Pero hazlo ya…

Su cabeza reventó como si fuera un globo, salpicándolo todo y manchándome el rostro de rojo. Su sangre parecía serrín mojado, caliente y de un sabor metálico al contacto con mis labios.

Odio el invierno, odio la nieve. No soporto su color pálido, resaltando una cabeza destrozada de niña manando sangre y tornando de rojo la maldita nieve.

Me derrumbé emocionalmente y lloré. Lloré mientras postraban ante mí a todas aquellas personas, a todos aquellos inocentes y lloré cuando apretaba el gatillo de mi arma y la nieve se tornaba negra de tanta sangre que caía sobre ella.

Me revelaron pero no quise. Seguí disparando con mi arma y con la de mis compañeros. No sólo no quería que ninguno de los que nunca habían disparado pasaran por ésa pesadilla sino que no quería que alguien pudiera disfrutar con sus muertes. Ellos los asesinarían, yo rezaría por sus almas antes y después de dispararles.

Odio el invierno, odio la nieve.

El bosque se quedó en silencio. El vacío era tan doloroso que empecé a gritar. Me alejé de la fosa mientras mis compañeros infernales echaban paladas de nieve sobre los cadáveres de los civiles. Saqué mi pistola y le quité el seguro. Sabía que aún tenía una bala.

Odio el invierno, odio la nieve. No soporto su color pálido, resaltando mi sangre manando de mi sien derecha destrozada sobre la nieve.

Escrito por Victor Baldoví.
Todos los derechos reservados.

Fotografía de portada: Jennifer Boyer. Descargada de Flickr.com.

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